Entre Sodoma y Babilonia

El cine es el hecho cultural más importante del siglo XX. Desde su nacimiento consiguió arrastrar a masas ingentes a las salas cinematográficas. Muchos años estuvo vigente el dilema por saber si el cine era arte o industria. Ahora está claro que el cine es ambas cosas. De hecho, queda patente que es la actividad cultural que más dinero genera.
Los espectadores no sólo se conforman con ver una película, quieren saber el proceso de producción, desean conocer a sus actores, a sus directores. Por eso, muy pronto la industria editorial vio un gran filón en la publicación de revistas cinematográficas, donde las estrellas del celuloide posaban como dioses. Estas revistas presentaban a los actores en diversos momentos de su vida: en el set de rodaje, en una fiesta, en una boda, en un anuncio de cosméticos…
Rafael Dalmau dice que “el cine es como una feria de vanidades”: si se es suficientemente inteligente se puede disfrutar de una carrera cinematográfica; pero también existen envidias y ambiciones de poder, que acaban por destruir a las estrellas. Hollywood, la fábrica de sueños, era el lugar donde todo podía suceder; pero igual que ensalzaban a una estrella, podían hundirla y olvidarla. Las stars eran marionetas al antojo de los productores.
Hollywood nunca fue ese bosque sagrado. Detrás de ese mundo aparentemente perfecto se esconden historias de sexo, drogas, corrupción, asesinatos y suicidios, dignos del mejor guión americano. Rafael Dalmau nos desvela en Hollywood: Entre Sodoma Y Babilonia la cara oculta de la mayor industria norteamericana.
Las revistas de cine y sociedad de los dorados años de Hollywood presentaban un mundo de glamour que continuaba fuera de las pantallas. Las estrellas gustaban de pasearse por fiestas, se casaban, mantenían romances entre los propios actores… Todo para mantener viva fuera de los films la factoría de los sueños. Las actrices compartían con sus fans secretos de maquillaje y guardarropía. Sin embargo detrás de ese mundo perfecto, calculado hasta el más mínimo detalle, se escondía otro: el que cada estrella mantenía de puertas para dentro. Lo que sucedía entre bastidores era completamente opuesto a la ficción. Como muy bien apunta Dalmau, “en el Hollywood dorado existía de todo: mucho talento, demasiado dinero, bellezas por doquier, grandes películas, premios, fama y también demasiadas envidias, mucha miseria, innumerables traiciones y ambiciones desmedidas”.
Dalmau despoja de las caretas de ficción a actores como Lana Turner, directores como Polanski, descubriéndonos a seres que en su vida privada dejaban mucho que desear. Marilyn era mucho más guapa, inteligente y consciente de su imagen cinematográfica; en la vida real Marlon Brando estaba en desacuerdo con la imagen que proyectó en la gran pantalla; James Dean era un chico tímido y acomplejado; además de ser un genio, odiado y adulado en partes iguales, a Charles Chaplin le encantaba el sexo y las chicas jóvenes. El problema de Tony Curtis, como le dijo Billy Wilder, era que siempre le gustaba llevar los pantalones muy ajustados.

La gente va al cine con la ilusión de vivir en la ficción lo que no son capaces o no pueden vivir en su realidad. En cambio, las estrellas vivían en su realidad los papeles que no interpretaban en la ficción. Solo Katherin Hepburn supo compaginar su vida con la fama que le proporcionaron sus películas. Tuvo amantes, el más conocido Spencer Tracy, y ni el falso puritanismo hollywoodiense pudieron reprocharle a esta gran dama sus constantes adulterios.
El cine es negocio, proporciona fama y dinero, lo cual atrae la vanidad humana. Todo parece de color de rosa, pero su fondo es negro y la realidad a veces supera la ficción. La fama es difícil de sobrellevar si no se tiene una base emocional. El caso de Gloria Grahame es un buen ejemplo de creerse su personaje cinematográfico y hacerlo realidad en la vida cotidiana. La actriz Anne Heche entendió mal la fama. La historia de Marilyn Monroe fue digna del sueño americano, que acabó convirtiéndose en un muñeco roto. Vidas patéticas como la de Judy Garland. Y realidades, como la de Bela Lugosi, que superaron la propia ficción. Algunos siguieron interpretando sus personajes de ficción en la vida real. Ese fue el error de Marlon Brando, que no podía desvincular su imagen pública de la privada y se creyó su propio mito.

Agradecimientos a Editorial Ma non troppo.

Sara Roma,

literariacomunicacion@yahoo.es

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