La voluntad del amor

La vida de Stephenie Meyer (Connecticut, Estados Unidos, 1973), una abnegada ama de casa y licenciada en literatura inglesa, dio un giro trascendental cuando decidió dar rienda suelta a su onírica inspiración, plasmándola negro sobre blanco. Comenzaba así, en 2005 una fructífera carrera literaria con Crepúsculo (Alfaguara, 2008), una obra  que denota su afición a las novelas góticas y de terror, que se ha convertido en el auténtico fenómeno cultural de la década (más de siete millones de ejemplares vendidos en 34 países y un éxito de taquilla arrollador como demuestran los 383.520.177 dólares recaudados en salas de cine de todo el mundo), compitiendo en admiradores con la comunidad de Harry Potter, cuyas películas parecen abocadas a desaparecer debido a la llamativa madurez de sus protagonistas.
Pero, ¿a qué se debe este masivo y contagioso éxito? Tal vez la respuesta se encuentre en que la serie Crepúsculo (Crepúsculo, Luna Nueva, Eclipse y Amanecer) ofrece una revisión actualizada del mito de Drácula de Bram Stoker. Siguiendo el estilo y los gustos de los adolescentes del siglo XXI, se presenta como una historia de fantasía y aventuras, aderezada con grandes dosis de romanticismo al estilo de Romeo y Julieta (William Shakespeare). Sin embargo, es más que una novela o una película para entretenerse, pues constituye una obra moralizante, al ensalzar valores como el amor, la fuerza de voluntad y el sacrificio. Estas cualidades, que enaltecen al ser humano, son curiosamente atesoradas por un antihéroe como el vampiro, quien aparece dignificado por estos nobles ideales.

Siempre diecisiete años… La vida detenida en la hora del esplendor en la hierba.
Isabella Swan y Edward Cullen son los protagonistas de esta romántica historia. Dos adolescentes de diecisiete años que se conocen en el instituto al que acuden en Forks, una localidad fría y lluviosa ubicada al noroeste del Estado de Washington (Estados Unidos).
Aunque, en un primer momento, Bella Swan  parece contrariada y apática («ahora me exiliaba a Forks, un acto que me aterraba, ya que detestaba el lugar»), demuestra esforzarse por mantener una buena relación con su padre, se adapta a su nueva vida  y exhibe un carácter abierto y afable al hacer rápidamente amigos en el instituto.
Los Cullen son los habitantes más enigmáticos de Forks. Su piel pálida llama la atención, pero también su reservada y misteriosa personalidad, pues no se relacionan con nadie. La familia tiene cinco hijos (Alice, Jasper, Rosalie, Emmett y Edward) que acuden al instituto del pueblo, donde, obviamente, no pasan desapercibidos para el resto de estudiantes y tampoco para Bella, quien posa sus ojos en Edward, un joven de belleza inhumana y devastadora que rápidamente la cautivará y despertará su curiosidad.

  Eres increíblemente rápido y fuerte. Tu piel es pálida
  y fría como el hielo, tus ojos cambian de color y a veces
  hablas como si fueras de otra época. No bebes y no comes nada
  y no sales a la luz del sol. ¿Cuántos años tienes?

Cuando Bella sospecha que Edward puede ser un vampiro, se interesa por conocer sus singularidades: la inmortalidad, la fuerza y la velocidad, entre otras, cualidades éstas dos últimas que quedan patentes cuando la salva de morir atropellada por la furgoneta que conducía un compañero del instituto. A pesar de ser considerado el depredador más peligroso del mundo, todo cuanto rodea a Edward concita su atención y la atrae irremediablemente. «La voz, el rostro, incluso mi olor. ¡Como si los necesitases!».
Si bien son conocidas las características que se le atribuyen al vampiro, a finales del siglo XX la literatura y la cinematografía esbozaron perfiles alejados del clásico estereotipo. De ser una peligrosa criatura, ha pasado a convertirse en un personaje atractivo que encarna aptitudes propiamente humanas y que además se caracteriza por su juventud (Entrevista con el vampiro, Déjame entrar y Crepúsculo), su inmunidad a las cruces y por el comportamiento adaptativo que ha desarrollado como especie. En este sentido, los Cullen destacan por sus nuevos hábitos de caza, pues se han habituado a calmar su sed bebiendo la sangre de animales que, como el tofu de los vegetarianos, «no sacia el apetito por completo […] pero nos mantiene lo bastante fuertes para resistir» , asegura Edward.

Los vampiros de Crepúsculo también logran pasar desapercibidos entre la multitud gracias a su vestimenta (acorde a la época en la que viven) y lo más significativo: la tolerancia a la exposición solar. «A la luz del sol […] su piel centelleaba literalmente como si tuviera miles de nimios diamantes incrustados en ella. Yacía completamente inmóvil en la hierba, con la camiseta abierta sobre su escultural pecho incandescente y los brazos desnudos centelleando al sol. […] Parecía una estatua perfecta, tallada en algún tipo de piedra ignota, lisa como el mármol, reluciente como el cristal», relata Bella, maravillada, al contemplar cómo la luz del astro rey deja al descubierto su secreto.

Sacrificio, amor y voluntad
Uno de los grandes aciertos de esta película es la ruptura de la clásica relación vampiro-víctima. Cuando conoce a Bella, Edward reacciona huyendo a Alaska durante una semana con el objetivo de mantenerse alejado de su apetecible sangre. Sin embargo, se da cuenta de que no puede permanecer apartado de ella  («el estar lejos de ti me pone…ansioso », reconoce) y vuelve, no solo porque se siente protector sino porque se percata de que está irremediablemente enamorado. Consciente del paso del tiempo, Bella, solícita, le implora que la convierta en vampiresa, pero Edward, a pesar de su incitante persistencia, consigue reprimir sus impulsos de vampirizarla pues, paradójicamente, (¿aún?) no está dispuesto. De hecho, se esfuerza por reprimir sus fieros y primitivos instintos ante la ardua prueba que supone beber la sangre de Bella para sorber la ponzoña que James, un sádico vampiro, ha introducido en el torrente sanguíneo de su amada. «Encuentra la voluntad de parar, Edward, si no, la matarás», le advierte su padre adoptivo, el doctor Cullen. Algo que, más tarde, lamenta la propia Bella: « ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué no te limitaste a que se extendiera la ponzoña? A estas alturas, sería como tú».
Ciertamente, Bella quiere conservarse joven para amar eternamente a Edward y cree, como decía Maquiavelo, que “el fin justifica los medios”, pues su peor pesadilla es que la vejez acabe apartándolos, imagen que inaugura la película Luna nueva, la segunda parte, en la que el espectador contempla a una anciana canosa y marchita acompañada por Edward que permanece a su lado, «insoportablemente hermoso a sus diecisiete años eternos».

A pesar del miedo que inspiran los vampiros, quienes se enamoran de ellos no albergan ningún temor, como demuestra Mina en Drácula (Bram Stoker´s, Francis Ford Coppolla, 1992), al confesarle «quiero ser lo que tú eres, ver lo que tú ves, amar lo que tu amas… Tú eres mi amor y mi vida para siempre». Pero para caminar junto a él hay que «morir en tu respirante vida y renacer en la mía» y Edward, como Drácula, a pesar de su naturaleza monstruosa, atesora en su interior un ideal que no se ha corrompido: el amor, por lo que no está dispuesto a sacrificar su vida, consciente (como Drácula refiere a Mina) de que se condenará como él «a caminar por la sombra de la muerte para toda la eternidad. Te amo demasiado para condenarte».
El mensaje que trasciende de Crepúsculo es, sobre todo, moralizante. Ensalza valores como el Amor incondicional y desinteresado, la fuerza de voluntad o el sacrificio, que imprimen carácter y dan sentido a la vida, tal es el caso de morir en lugar de la persona a la que se ama, la manera más noble de poner punto final a la existencia. El personaje de Edward es más interesante, si cabe, porque reflexiona y reniega de su condición monstruosa, lo cual recuerda a los Freaks (1932) de Tod Browning y a los replicantes de Blade Runner (Ridley Scott, 1982), quienes aparentemente tienen poca o ninguna humanidad, pero revelan, como Edward, un gran aprecio por la vida.
«No sé por qué me salvó la vida», comenta Deckard (Harrison Ford) al ver morir al replicante Roy Batty (Rutger Hauer). «Quizás, en esos últimos momentos, amaba la vida más de lo que la había amado nunca. No solo su vida; la vida de todos, mi vida».

Sara Roma,
literariacomunicacion@yahoo.es

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