Un porvenir posible

Resulta que dos personas gravitan, cada cual por su lado, por la superficie del globo, están como perdidas en los millares de calles, de una ciudad como Nueva York. Y el Destino hace que se conozcan. Y, unas horas después, están tan ferozmente soldadas una con otra, que la idea de separación les resulta intolerable. ¿Acaso no es maravilloso? 

A veces, y sólo en muy contadas ocasiones de nuestra vida, ocurre que conocemos a alguien de quien irremediablemente quedamos atrapados. Un extraño o una desconocida a quien comenzamos a tratar como si conociésemos de toda la vida, como si lo/la hubiéramos esperado toda la vida. A veces sucede, y es maravilloso, pero al mismo tiempo resulta contradictorio, pues te ves caminando junto a una persona a quien apenas, veinticuatro horas antes, no conocías, ni sabías de su existencia, y de la que ahora no te puedes separar.

En Tres habitaciones en Manhattan, Georges Simenon aborda el amor desesperado que somos capaces de profesar a alguien que acabamos de conocer, tan solo porque nos encontramos en un momento débil, o en soledad… Dos almas que se encuentran y deciden acompañarse. ¿Para siempre?

Kay estaba tan sola, tan irremediablemente sola, estaba tan decaída, con tal conciencia de que no remontaría nunca la pendiente, que había decidido seguir al primer hombre que se presentara, fuera quien fuese. También François se sentía solo y triste cuando conoció a Kay, por lo que enseguida se hundió en la intimidad. Recordaba la primera vez que se habían arrojado el uno sobre el otro, sin saber nada el uno del otro, salvo que estaban hambrientos de contacto humano.

-¿Dónde vive usted?                                                                                             – Desde esta mañana […] no vivo en ninguna parte.

Tres habitaciones en las que François y Kay se acuestan de noche y se despiertan de noche. Disponen de todo el tiempo del mundo para tratarse y aprenderse. Pero a François no le urge tanto conocer la vida de Kay como hablar de la suya y explicar quién es, pues inconscientemente sufre por que lo tome como a un hombre cualquiera o peor aún, que lo ame como a un hombre cualquiera. Y es que la soledad, como asegura Georges Simenon, es la que nos hace comprender el inestimable valor del contacto humano.

Nada saben el uno del otro y, sin embargo, nunca dos seres, dos cuerpos humanos, se habían abismado uno dentro del otro más salvajemente, con una furia tan desesperada que los aboca y conduce irremediablemente a  dejar pasar el tiempo porque nada les permite vislumbrar un porvenir posible.

Sara Roma,
literariacomunicacion@yahoo.es 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: