Vidas escritas

Con el paso del tiempo me he dado cuenta de que, si he disfrutado escribiendo todos mis libros, fue con éste con el que me divertí más. Acaso porque, además de «escritas», estas «vidas» fueron leídas.

De esta manera arrancaba el prólogo que Javier Marías (Madrid, 1951) escribió para  la edición ampliada de Vidas Escritas (Alfaguara, 1999).

Conrad, Doyle, Faulkner, Kipling, Rimbaud son algunos de los nombres a los que Marías dedica en este libro su maravillosa prosa, sin olvidarse de algunas mujeres, fugitivas, como Emily Brontë, Lady Hester o Vernon Lee, la gata montés…Todos extranjeros, ningún nombre destacado del panorama nacional. ¿Acaso Javier Marías no cuenta entre sus obras preferidas con escritores españoles? Todo lo contrario. Larra, Valle-Inclán, Aleixandre y, por supuesto, Cervantes y Quevedo, son algunos de los escritores a los que el autor admira; sin olvidarnos de su idolatrado Juan Benet por quien ya ha demostrado más de una vez su admiración. La razón de que Marías no hable de ellos puede encontrarse en unas líneas del prólogo en las que alude a que han sido varias las ocasiones en que (a él mismo) se le negó la españolidad, por lo que a la postre se daba cuenta de que había llegado a sentir cierta inhibición a la hora de hablar de los escritores españoles.

Es como si me hubieran convencido de que no tengo derecho a ello, y uno actúa según sus convencimientos.

Vidas escritas narra las existencias de quienes se dedicaron a escribir y a inventar. Los más famosos escritores de la literatura universal se unen en este libro, que a modo de retratos, recoge los aspectos más desconocidos de estos autores. Faulkner era taciturno y adoraba el silencio; tan irritable era Conrad que cuando se le caía la pluma al suelo, en vez de recogerla al instante y continuar, dedicaba varios minutos a tamborilear exasperado sobre la mesa a modo de lamento por el accidente; la Baronesa Blixen, más conocida como Isak Dinesen, jugaba a ser romántica y aristocratizante; James Joyce se describió a sí mismo como «un hombre celoso, solitario, insatisfecho y orgulloso»; Lampedusa creía, por su parte, que a los demás siempre había que dejarlos en sus errores…

Literaria Comunicación,
literariacomunicacion@yahoo.es

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