Diplomático a su pesar

En la época actual de los ERE andaluces, de los aeropuertos fantasmas, de los coches de lujo, de los tropecientosmil teléfonos portátiles a cargo del erario público, de las tarjetas visa oro, mis escrúpulos deben de parecerle a más de uno la reacción de un ser enfermizo.

El circo en 1976 y en 2011

En Historia es necesario pararse un momento, echar la vista atrás y analizar las últimas décadas para comprender el curso o la evolución. Sin ir más lejos, en el caso de nuestra todavía joven democracia española, las pistas del circo internacional y sus intérpretes han girado y se han transformado mucho desde que se inició la transición española en 1976. Fundamentalmente, la política exterior de los cinco presidentes de la democracia es la que mayor peso ha tenido, aunque la personalidad de los políticos haya proporcionado una mayor brillantez (González) o una mayor opacidad (Zapatero).

A lo largo de estos años ha habido aciertos, errores, mayor o menor dedicación, lucimientos y chascos, protagonismo o mediocridad, apasionamiento o pasotismo. Valoraciones que no se nos ha escapado al común de los españoles, pero que por venir de quien vienen tienen mayor autoridad.

El famoso diplomático, Inocencio Arias, sabe mucho de todo ello porque lo ha vivido en primera persona. En Los presidentes y la diplomacia. Me acosté con Suárez y me levanté con Zapatero (Plaza & Janés) relata su relación con cada uno de nuestros presidentes. Sin tapujos ni pelos en la lengua, Arias hace un repaso a sus años como diplomático y revela suculentas anécdotas que sorprenderán y que más de uno de sus protagonistas quisiera que se lo tragase la tierra.

Los presidentes y la diplomacia se centra en la ideología de los presidentes, su idiosincrasia y su impronta que han influido sobre el liderazgo ejercido en la política exterior.

El mago de la Transición

Para Arias, Adolfo Suárez fue el verdadero artífice de la transición democrática, cuyo trágico destino se asemeja al de “un personaje de la tragedia griega” y que, a pesar de no ser monárquico, forjó una estrecha amistad con el entonces príncipe Juan Carlos que lo llevó a concluir “que una monarquía parlamentaria era lo más conveniente para nuestro país”. Él se encargó de mimarlo y de potenciar su imagen para contrarrestar a aquellos que lo ninguneaban y ridiculizaban como el presidente de Francia, Miterrand, que no tuvo empacho en declarar: “Lo compadezco solo al pensar en la ola que se lo llevará por delante. ¡Heredero de Franco! ¡Bonita pierna para un cojo que corre hacia el vacío!”. Favor que años más tarde el monarca le devolvería con creces, pues Juan Carlos fue el máximo y único inspirador de la promoción a presidente de Suárez.

Suárez, que se esforzó en dejar constancia fehaciente de que a él no lo echaban (“me voy sin que nadie me lo haya pedido”), dimitía en enero de 1981, hecho que Calvo-Sotelo acusó a que “ya no era capaz de seguir inventando su futuro”.

El hombre tranquilo

De la figura de Calvo-Sotelo, Inocencio Arias subraya que ha sido tratado de manera somera e injusta y lo achaca a que “estuvo cronológicamente emparentado entre dos figuras mediáticas y carismáticas: Adolfo Suárez y Felipe González”. Fue el personaje injustamente olvidado de la transición. Ya nadie recuerda que llegó al poder en un momento difícil: las tiranteces de su partido, la UCD, eran desgarradoras; el fallido golpe de Estado planteaba incógnitas; la segunda subida del petróleo y la crisis económica se cebaban con el país…

El y su administración tuvieron que tranquilizar a los gobiernos y círculos económicos extranjeros porque el abordado golpe de Estado tuvo un considerable impacto en los medios de comunicación. Y tanto. Recordaba el propio expresidente que al salir del Congreso de los Diputados le vino a la cabeza la frase de Maura: “A ver quién es el guapo que se hace cargo del poder”.

Los gozos y las sombras

En cambio, fue Felipe González quien marcó la diferencia en la escena internacional. Supo estar en Europa, tuvo una envidiable popularidad en Iberoamérica, fue respetado en Estados Unidos y oído con atención por los líderes de la escena internacional como Gorbachov. Precisamente, Inocencio Arias sostiene que lo que hubo entre ambos mandatarios “fue un auténtico flechazo”. Sin embargo, no fue lo mismo con Mitterrand, quien seguía empeñado en ver las secuelas del franquismo.

El caso es que González perdió las elecciones en 1996 con Aznar. Entonces, el paro alcanzaba cotas altas y los escándalos (principalmente el del GAL) ligados a su gobierno, terminaron por erosionar seriamente la imagen de su administración. El desgaste de trece años en el poder le pasaba factura, sin embargo González clausuraba su última campaña electoral asegurando “hemos modernizado a España”.

Petróleo, mentiras y otras cintas de vídeo

Asegura Inocencio Arias que Aznar “lo tenía muy crudo desde el principio”, sobre todo desde el momento en que mostró su apoyo a la guerra contra Irak, un conflicto armado que no fue bendecido por la ONU y que “olía a petróleo”. No obstante, el diplomático declara que el mayor pecado del gobierno de Aznar “independientemente de lo que le pidiera el cuerpo a algún belicoso del PP, fue querer que los cubanos, sin injerencias externas, comenzasen una transición política”.

El hombre que no sabía demasiado

Finaliza el libro con un epílogo dedicado a la figura de Zapatero que no tiene desperdicio. Leído ahora, con perspectiva, es el capítulo más hilarante del libro. En resumidas cuentas, para el diplomático español, el último presidente socialista ha sido el más mediocre de todos nuestros gobernantes y suspende en política por su craso desconocimiento de algunos temas, su irrealismo y su incomodidad en la escena internacional. Tanto es así, que Inocencia Arias no se sonroja al con todo lujo de detalles la famosa cena en el Waldorf Astoria de Nueva York, en el marco de las sesiones de la ONU en la asamblea que tuvo lugar en septiembre de 2008. Una cena de postín que se le antojó en organizar al propio Zapatero y que un par de horas antes no tuvo ningún empacho en dejar plantados a los 300 comensales porque “el cuerpo no se lo pedía”.

Arias está convencido de que Zapatero “no parece haber entendido que el prestigio, la buena imagen, la credibilidad son esenciales para las relaciones de un país”, por lo que concluye que no se encontraba cómodo haciendo política exterior.

¿Era necesario otro libro después de sus Confesiones de un diplomático. Del 11S al 11M (Planeta, 2006) y La trastienda de la diplomacia (Plaza y Janés, 2011)? Arias asegura que lo que él quería era escribir un libro de cine, pero fueron los editores quienes se lo propusieron. Y aquí está el resultado: un libro de 400 páginas, muy completo y ameno, en el que a modo de memorias narra su experiencia como diplomático. Un libro plagado de suculentas anécdotas, escrito con mucha ironía y un gran sentido del humor para leer la cartilla a todos los presidentes. Aquí no se salva ni el apuntador. Lo único que no me ha gustado han sido las digresiones en medio de cada capítulo, interrumpiendo el hilo narrativo, para reseñar la biografía de cada uno de los presidentes.

Agradecimientos a Plaza & Janés.

Sara Roma,

literariacomunicacion@yahoo.es

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