El arte de ser feliz

Muchos viven demasiado en el presente (los imprudentes), otros demasiado en el futuro (los miedosos  y preocupados), raras veces alguien mantendrá la medida justa.

En estos tiempos que corren, en esa sociedad del bienestar y del consumismo, en esta era donde prima la belleza impostada a golpe de visa y cirugía plástica, parecen haberse perdido ciertos valores o cualidades innatas en el ser humano, objetivos fundamentales en otras épocas, como sobrevivir, vivir medianamente bien y ser feliz.  Después de haber dado la bienvenida al tan soñado siglo XXI, cuando el hombre parece haber conseguido grandes desarrollos tecnológicos y científicos que hacen la vida más cómoda, da la sensación de que se nos ha olvidado cómo ser felices y muchos se preguntan “qué me ocurre, por qué no soy feliz“.

Arthur Shopenhauer (Alemania, 1788-1860) ejemplificaba este mundo como Arcadia, un lugar al que entramos con aspiraciones a la felicidad y al goce –conservando la insensata esperanza de realizarlas– hasta que el destino nos atrapa y nos muestra que nada es nuestro, sino que todo es suyo.

Este pensador alemán decía que nuestro mundo está hecho del mismo material que el de los sueños, el denominado velo de maya de los hindúes. Sólo existe una fuerza cósmica: la voluntad, que tanto hace nacer estrellas, como crecer las plantas o generar y liquidar nuevos seres humanos sin cesar. Sin embargo, los hombres se ven atrapados en una dolorosa paradoja: no pueden resistirse al impulso de la voluntad ciega e irracional de su propia naturaleza que muchas veces les acarrea el sufrimiento, y a la vez aspiran a estar libres de él.

Puesto que, según Shopenhauer, toda “felicidad” y todo “placer” son de carácter negativo, mientras que el dolor es positivo, resulta que la vida no tiene la función de ser disfrutada, sino que nos es infligida, hemos de padecerla. En este sentido, quien ha atravesado su vida con mayores dolores físicos o psíquicos, ha tenido la mayor suerte que ha podido encontrar; sin embargo, no le ocurre lo mismo a quien ha encontrado las mayores alegrías.

Shopenhauer nos aconseja “disfrutar en todo momento del presente lo más alegremente posible: esta es la sabiduría de la vida”. Pero, más que nada, lo que contribuye directamente a nuestra felicidad, es un humor jovial, “porque esta buena cualidad encuentra inmediatamente su recompensa en sí misma”. En efecto, quien es alegre, tiene siempre motivo para serlo, por lo mismo que lo es.

Pero el filósofo alemán considera que la proposición vivir feliz es un eufemismo, ya que sólo puede significar vivir lo menos infeliz posible o de una manera soportable. Sobre este aspecto, se podría defender muy bien la afirmación de que el fundamento de la verdadera sabiduría de la vida estriba en lo que decía Aristóteles: “el prudente no aspira al placer, sino a la ausencia de dolor”.

La filosofía de este pensador de principios del siglo XIX está basada en un original sistema que recogía el pensamiento de los clásicos como Platón y de su antecesor Kant haciéndolos coincidir con el budismo y el hinduismo, para llevarla de nuevo a sus orígenes, a las culturas más antiguas de la humanidad.

A este pensador se lo acusó de inspirar tanto a marxistas y a nacionalsocialistas, como a ateos y a espiritistas. Bien es cierto que muchos autores decisivos leyeron a Schopenhauer, pero no puede ser acusado de haber propiciado el germen de ninguna de las ideas políticas que marcaron el devenir de la historia del siglo XX. Es más, su frontal rechazo a las ideas de Hegel, que según él estaban estropeando Alemania y que a la postre alimentarían tanto a nazismo como a marxismo de manera fundamental, es la mejor demostración de ello.

Su genialidad y brillantez y el desarrollo de la metafísica más potente nunca antes gestada en occidente, han proporcionado a Schopenhauer adhesiones de las mentes contemporáneas más brillantes. Desde Freud a Nietzsche, pasando por Einstein quien afirmó que “”después de haber leído a Schopenhauer su concepción de la muerte había cambiado radicalmente””, y por Wittgenstein y Kierkeegard, entre otros muchos. Además, la obra de Shopenhauer no pasó desapercibida para los grandes intelectuales españoles pues el filósofo alemán ejerció una notable influencia en escritores como Baroja y Unamuno, exponentes de la literatura española de principios del siglo XX.

En El arte de ser feliz (Herder editorial) , Arthur Shopenahuer apunta como regla básica la limitación del ámbito de acción: limitar nos hace feliz. El filósofo señalaba que sólo podemos alcanzar con seriedad y fortuna un único propósito, trátese del placer, del honor, la riqueza, la ciencia, el arte o la virtud. Si abandonamos todas las exigencias que son ajenas, si renunciamos a todo lo demás, lo conseguiremos.

Dividido en dos partes, El arte de ser feliz aporta reglas básicas y sencillas que cualquiera puede aplicar, no sólo para ser felices ellos mismos, sino también para hacer partícipes a los demás. La primera parte la componen reglas para mejorar la conducta hacia nosotros mismo y la segunda, reglas para nuestra conducta hacia otras personas.

Lo primero que hace que alguien se decida a comprar este libro es la inevitable pregunta que surge ante esta obra, escrita por uno de los mayores existencialistas: ¿cómo pudo Shopenhauer escribir un manual con reglas para ser feliz?. Y precisamente la sana curiosidad por saber qué dice al respecto uno de los mayores pesimistas de la historia, es lo que provoca que se adquiriera. Y no se arrepentirá el lector cuando, desde sus primeras páginas, comprenda que esta eudemonología (término aplicado por Shopenhauer en 1851 para designar la teoría de la vida feliz) es mucho más sencilla de aplicar de lo que se pensaba.

El arte de ser feliz se convertirá en su libro de cabecera.

Sara Roma,

literariacomunicacion@yahoo.es

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