La soledad del jugador de casino

No podemos librarnos de eso que llamamos, con expresión bastante vaga, «conciencia».

Una señora inglesa, con  hijos mayores, se ve irresistiblemente atraída por la desesperación de un joven jugador de ruleta, con quien une su existencia durante unas horas. Esta es la línea argumental de Veinticuatro horas en la vida de una mujer (Ed. Acantilado) en la que el estilo narrativo del escritor austriaco Stefan Zweig (1881-1942) alcanza una de sus máximas cotas.

Dos horas de conversación por la noche en la terraza de un hotel de la costa azul, son suficientes para que una mujer de treinta y tres años, casada y con dos hijas, decida abandonar a su familia para huir con un joven y elegante desconocido que se aloja en el mismo hotel. Esta circunstancia da pie a una acalorada discusión entre el resto de huéspedes que se alojan en el establecimiento y que todas las noches se reúnen a conversar y a jugar. Entre todos, destacará la figura del joven narrador omnisciente de esta historia que manifiesta una postura totalmente opuesta al resto de veraneantes que se dedican a criticar y prejuzgar a una mujer de la que apenas conocen nada. Será  la distinguida dama Mistress C., quien pondrá mesura y confiará su historia particular —un suceso bastante similar al de la honorable francesa que acaba de fugarse—  al narrador. Mistress C.  se reconoce anglicana y como a ellos les está vedada la confesión, necesita el consuelo de sincerarse y revelarle este hecho a un desconocido: una fugaz historia de amor que vivió con un hombre mucho más joven que ella al que conoció en el Casino de Montecarlo.

Puede usted creer a esta mujer de edad avanzada cuando afirma que no hay cosa más insoportable que pasar toda una vida obsesionada por un solo punto, por un solo día de su existencia. Porque todo lo que voy a contarle abarca solamente un espacio de veinticuatro horas en una vida de sesenta y siete años, y con frecuencia me he dicho a mí misma, hasta volverme loca, cuan poca importancia tiende, dentro de una larga existencia, el haber obrado mal en una sola ocasión.

Quien se acerque por vez primera a esta novela, se sorprenderá al comprobar que no hay ninguna crítica velada a la ludopatía; es más, ni siquiera hay un atisbo de esta enfermedad. El autor solo se limita a relatar una historia de pasiones desenfrenadas sin juzgar o valorar el comportamiento de los protagonistas. Sin embargo, no estaría de más apuntar que ya Sigmund Freud se refirió a esta obra de Zweig y a la magistral El jugador de Dostoyevski para defender su teoría de que la pasión por el juego es un sustituto del onanismo. No en vano, el propio Zweig defendió apasionadamente las doctrinas de Freud, y durante años enteros, de 1926 a 1931, colaboró en el Almanaque de psicoanálisis publicado en Viena.

No aparté ni un instante mi mirada de aquel rostro de expresión siempre variable, al que afluían todas las pasiones; mis ojos no perdieron nunca de vista aquellas mágicas manos que con cada uno de sus músculos expresaban plásticamente toda la escala ascendente y descendente de los sentimientos humanos. […] Para saber si la bolita caía en el rojo o en el negro, si rodaba o se detenía, no necesitaba mirar la ruleta: pérdida o ganancia, esperanza o desilusión, cada una de esas fases pasaba fulminantemente a través de los nervios y gestos de aquella faz surcada por el incesante ondear de la pasión.

En Veinticuatro horas en la vida de una mujer, el juego es lo único que da sentido a la existencia del joven del que se enamora perdidamente Mistress C. Por eso, lo mejor de esta obra resulta ser la disección que realiza Zweig sobre la adicción al juego, prestando especial atención al movimiento de las manos del jugador como revelador del sentimiento de tensión y ansiedad que lo acompaña. «Todo puede adivinarse en esas manos, en su manera de esperar, de coger, de contraerse: al codicioso se le reconoce por su mano parecida a una garra; al pródigo, por su mano blanda, al desesperado, por la mano temblorosa».

Esta breve obra, esta joya literaria recuperada por la editorial Acantilado, es un relato magistral sobre la psicología humana, sus pasiones desmedidas y sus consecuencias, de la que Maxim Gorki declaró que nunca había leído nada más profundo. Una obra magistral.

Sobre el autor

Stefan Zweig (Viena, 1881 – Petrópolis, Brasil, 1942) fue un escritor enormemente popular, tanto en su faceta de ensayista y biógrafo como en la de novelista. Su capacidad narrativa, la pericia y la delicadeza en la descripción de los sentimientos y la elegancia de su estilo lo convierten en un narrador fascinante, capaz de seducirnos desde las primeras líneas. Acantilado ha recuperado numerosos títulos del autor como  La lucha contra el demonio (Hölderlin, Kleist, Nietzsche), Momentos estelares de la humanidad (Catorce miniaturas históricas), El mundo de ayer (Memorias de un europeo),  Carta de una desconocida,  Tres maestros (Balzak, Dickens, Dostoievski) y María Antonieta, entre otros.

Datos técnicos:

Título: Veinticuatro horas en la vida de una mujer
Autor: Stefan Zweig
Colección: Narrativa del Acantilado, 6
Traducción: María Daniela Landa
ISBN: 978-84-95359-39-1
Nº de edición: 14ª
Encuadernación: Rústica cosida
Formato: 13,1 x 21 cm
Páginas: 104
Precio: 11.00 €

Sara Roma,

literariacomunicacion@yahoo.es

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