La costumbre de soñar

Terminé por admitir que esos sueños no habían sido vividos para ser sueños, sino soñados para ser textos; que no eran la vía regia que yo creía que serían, sino caminos tortuosos que me alejaban cada vez más del reconocimiento de mí mismo.

Hace siete años no sabía nada de Georges Perec hasta que mi amigo, el poeta Daniel Casado me habló de él y de la influencia que ha ejercido a lo largo del siglo XX sobre muchos literatos. Fue el poeta cacereño quien me recomendó que leyera La vida. Instrucciones de uso (Anagrama, 2003) y Je me souviens, una pequeña joya a la que su amigo Elías Moro y él decidieron homenajear con su propuesta poética Me acuerdo (1999, Editorial de la Luna Libros). Y es que la influencia de Perec en la narrativa contemporánea es enorme como demuestran Italo Calvino, Paul Auster, Roberto Bolaño, Juan Bonilla o Enrique Vila-Matas, quienes siempre han tenido palabras de elogio para la obra de este autor que con el paso del tiempo ha ganado más adeptos.

Entre los libros de primera hora que me cambiaron la vida, estuvieron siempre los de Perec, libros que recuerdo haber leído fascinado, devolviéndole al autor, página a página, cada uno de los eufóricos balones que lanzaba. Enrique Vila-Matas

Para Perec lo simpático no era correr, sino inventarse los obstáculos que había que esquivar. Juan Bonilla

Georges Perec estaba convencido de que los cimientos de nuestro mundo personal se componían en base a nuestros sueños. Algunos, los recordamos nada más levantarnos; aquellos que nos hayan parecido extraños o curiosos, somos capaces de contarlos a otras personas; pocos son los que se transcriben y, por suerte o por desgracia, la mayoría no se recuerdan. La cámara oscura es una rareza literaria en toda regla que edita Impedimenta y que reúne por primera vez en castellano estos ciento veinticuatro sueños. Un libro en el que las asociaciones de ideas están a la orden de cada página, con el que su autor descifra misterios escondidos en el subconsciente y que se revelan durante el sueño.

La obra está precedida por una nota del propio autor en la que aclara que transcribir estas historias oníricas es casi una traición, aunque peor es caer «en la tendencia de soñar para escribirlos», convirtiendo el ejercicio de soñar en un ejercicio literario.  Aunque el volumen carece de paginación, todos los sueños están numerados y aparecen encabezados por la fecha en que fueron soñados. Asimismo, aclara al lector el empleo de la tipografía: la sangría corresponde a un cambio espacio-temporal; las itálicas se emplean para destacar algo significativo; mientras que los blancos entre párrafos corresponden «a la mayor o menor importancia de los pasajes olvidados o indescifrables al despertar». Sin embargo, en algunos momentos la tipografía llega incluso a ser arbitraria en algunos casos como: «La representación teatral. La humillación.?. Lo arbitrario». Ante esto, cabe preguntarse qué hace un signo de interrogación suelto detrás de un punto y seguido y, a continuación, otro punto y seguido. A todas luces, en español es una incorrección gramatical, pero mucho me temo que en otras lenguas tampoco es apropiado poner un punto y seguido después de un signo de exclamación o interrogación.

Al ser un libro a modo de relatos, los temas que aborda son múltiples: algunos, totalmente disparatados; otros son poéticos y, en menor medida, serios. Lo cierto, es que su condición de judío se refleja en muchos de ellos. Tal es el caso de “La detención” donde un policía lo obliga a que copule con su mujer en sábado, algo que violaría los preceptos de la Torah. Y en muchas historias está presente el horror del genocidio. Por ejemplo, “El medidor de altura” o “La cacería con esquís” se hacen eco de todo el terror de los campos de concentración, como el de Auschwitz donde murió su madre Cyrla Szulewicz, un hecho que debió traumatizarle y que revive de tanto en tanto como las peores pesadillas. Otros, en cambio, son casi puro lirismo como el sueño Nº 4, “La ilusión”.

Sueño
Ella está junto a mí
Me digo que estoy soñando
Pero la presión de su mano contra mi mano me parece demasiado fuerte
Me despierto
Está sin lugar a dudas junto a mí
Loca felicidad
Enciendo
La luz brilla una centésima de segundo y después se apaga
(una bombilla que estalla)
La abrazo

(me despierto: estoy solo)

Estos sueños están protagonizados por el propio autor y, en torno a él, aparece toda una galería de personajes importantes en su vida como su mujer Paullet Petras o sus amigos. Las historias siempre tienen el mismo escenario: París o las ciudades de Túnez, país al que se trasladó tras contraer matrimonio y cuyos paisajes se descubren «al igual que los fondos de la pintura italiana».

Quien lea La cámara oscura será asaltado por la duda de saber si las historias que transcribe fueron soñadas o más bien constituyen una excusa literaria, un puro artificio de ficción. En total, 124 textos que invitan al lector a entrar en el universo onírico de este escritor tan singular y excéntrico que aseguró alcanzar tal dominio de la técnica que «los sueños me llegaban escritos a la mano, incluso con sus títulos». Un libro que recuerda al Cortázar de Octaedro (Alianza, 2008) y Último Round (Editorial RM, 2010) por su particular forma de ver la literatura como un juego.

La cámara oscura es una obra que deberían leer quienes no recuerden sus propios sueños, pues tendrán la oportunidad de proyectarse en los de Perec. Si Freud viviera, sin duda, habría leído a Perec.

Sobre el autor

Georges Perec (París, 1936-1982) fue el hijo único de Icek Peretz (1909-1940) y Cyrla Szulewicz (1913-1943), una familia obrera de judíos de Polonia que habían emigrado a Francia en la década de los años veinte y que murieron durante la Segunda Guerra Mundial, dejando al pequeño Georges huérfano y al cuidado de sus tíos paternos que en 1945 lo adoptaron formalmente.

Su trayectoria literaria comenzó con colaboraciones en revistas literarias mientras estudiaba historia y sociología en la Universidad de la Sorbona. Fue en 1965 cuando ganó el premio literario Renaudot por su primera novela, Las cosas (Les Choses).

Una de las principales influencias en su estilo es la del grupo literario Oulipo fundado por Raymond Queneau, que le descubrió el gusto por los juegos de palabras y la forma de los sustantivos. Precisamente su obra La vida, instrucciones de uso, está dedicada a Queneau, que había muerto poco antes de su publicación. Esta obra le reportó éxito —con ella ganó el Premio Médicis— y le permitió dedicarse plenamente a la literatura.

Otros títulos publicados por Impedimenta: Lo infraordinario y Un hombre que duerme.

Datos técnicos:

Título: La Cámara Oscura
Autor: Georges Perec
Editorial: Impedimenta
Género: narrativa extranjera
Traducción: Mercedes Cebrián
Lengua: castellano
Año de edición: 2010

 

Sara Roma,

literariacomunicacion@yahoo.es

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