Vestida de blanco, bajando la escalera cuando el reloj da la hora

En los ojos de la gente, en cada vaivén, paso y zancada, en el fragor, en el tumulto, en los coches de caballos, ómnibus, camionetas, hombres-anuncio que giraban y arrastraban los pies, en las bandas de música, en los organillos, en el júbilo, en el tintineo y el extraño canto agudo de algún aeroplano que cruzaba el cielo, estaba lo que ella amaba: la vida, Londres, aquel instante del mes de junio.

La señora Dalloway (Alianza editorial) relata un día en la vida de Clarissa Dalloway, una mujer londinense de 52 años de  la alta sociedad.  No es un día cualquiera, pues la protagonista va a dar una fiesta esa noche. Los preparativos que conlleva una tarea de ese tipo servirán de excusa a Virginia Woolf  para desarrollar una historia de personajes corales, entre los que sobresale la señora Dalloway.  Con estilo preciosista y sensible, la escritora nos introduce en una historia para la que no es necesaria la acción de los acontecimientos y donde el monólogo interior y el fluir de la conciencia de sus personajes serán el acicate perfecto para que la obra se componga y cobre sentido. Woolf no solo emplea la técnica del monólogo interior, como narradora omnisciente también se  sirve del paisaje para describir psicológicamente a sus personajes, como podemos observar en el siguiente fragmento: «La calle Arlington y Piccadilly parecían transmitir su animación al aire mismo del parque y alzar las hojas de sus árboles cálida, brillantemente en oleadas de divina vitalidad que Clarissa amaba tanto» (p. 11).

Con estas primeras líneas el lector ya tendrá suficiente información para intuir que lo sustancial de la obra son los personajes, sobre todo quienes incumben e importan a Clarissa: su marido, Richard; su antiguo amor y amigo, Peter Walsh; su mejor amiga, Sally Seton y su hija, Elizabeth. Pero como lectores no debemos desdeñar a otros desconocidos y secundarios como Septimus Warren y su esposa, Rezia, que también tienen un papel destacado y cuya historia, a mi modo de ver, es mucho más interesante que la de la protagonista o la de la su pusilánime enamorado Peter Walsh, quien no conecta con el lector  a pesar de ser definido como un aventurero y rebelde romántico. Virginia Woolf, por tanto, pone el acento en dos personajes que destacan en la vida de la protagonista: Richard Dalloway con quien está casada y Peter Walsh, un antiguo novio, al que recuerda ahora que los años pesan y se siente enferma. Clarissa  rumia que su vida hubiera sido completamente distinta de haber accedido a casarse con ese hombre que llegó a tildarla de “fría, sin corazón, gazmoña” porque “nunca entendería la intensidad de su afecto”. Pero Peter acaba de regresar de la India –país al que se trasladó tras contraer matrimonio- y está dispuesto a acudir a la fiesta para dejar claro que sus sentimientos no han cambiado un ápice desde entonces…

Clarissa Dalloway tiene una sensación agridulce: por un lado, su espíritu sigue siendo joven, pero, por otro, se siente increíblemente vieja. Por eso uno de los temas de la novela es el paso del tiempo y el miedo a la muerte, como se constata en este pasaje: « tenía miedo del tiempo, y en el rostro de Lady Bruton, como si se tratara de una esfera tallada en piedra, veía reducirse la vida» (pág. 47). Pero, ¿con qué sueña? ¿Qué trata de recuperar una mañana del mes de junio mientras pasea por el Londres de 1922? Tiene la extraña sensación de ser invisible; de que nadie la ve ni la conoce, aunque «siempre era de Clarissa de quien uno se acordaba» (pág. 118). Otro de los temas que aparece de manera soterrada es el lesbianismo, pues descubrimos que la señora Dalloway «era incapaz de resistir al encanto de una mujer», como Sally Seton por quien sintió verdadero amor. ¿Podría ser el trasunto de Virginia Woolf? Es probable.

Para describir la realidad, la autora inglesa se basa en la técnica denominada “flujo de conciencia” que también emplearon los célebres James Joyce y William Faulkner. La técnica se basa en el empleo del monólogo interior, lo que sirvió a Virginia Woolf para expresar el aspecto visionario de la experiencia humana, con un objetivo muy claro: que los personajes busquen a lo largo de la novela su propia identidad. No es de extrañar que algunos de ellos  nos parezcan casi místicos si tenemos en cuenta la sensibilidad con la que escribe.

En este sentido, Septimus Warren  –otro posible trasunto de la autora−  es el que más se acerca a esta idea que acabamos de exponer. Desde su participación en la I Guerra Mundial padece un trastorno que le provoca continuas alucinaciones que lo alejan de la realidad. Su mundo lo componen ahora las revelaciones que tiene y que va anotando; por eso el doctor aconseja a su esposa, Rezia, que le llame «la atención sobre las cosas reales». Septimus era el tipo de hombre formado a base de esfuerzo personal y de lecturas nocturnas tras una larga jornada laboral. Su vida no había sido nada fácil hasta que abandonó el hogar paterno. Sin embargo, su incursión en la gran contienda dio al traste con todos sus sueños y ahora vive dominado por el miedo. Razona y lee sin dificultad a Dante, pero es incapaz de sentir y acusa al mundo de su padecimiento. Por eso, cuando el doctor Sir Williams le preguntasi tuvo una actuación destacada en la guerra, no sabe qué contestar porque «en la guerra de verdad había fracasado» (pág. 149).

El lector que se acerque a esta obra queda advertido de que no debe buscar acción ni una historia perfectamente planteada, sino más bien se trata de una novela introspectiva en la que tienen protagonismo los pensamientos y sentimientos de los personajes. Por tanto, se requerirá una lectura pausada para poder seguir los continuos saltos temporales (regresiones y anticipaciones) y poner en orden una narración que en absoluto es lineal y que provoca que decaiga la atención y el interés si no se está entrenado en este tipo de lecturas.

FICHA TÉCNICA
Título: La señora Dalloway
Autor: Virginia Woolf
Editorial: Alianza
Páginas: 272
I.S.B.N.: 978-84-206-7171-0
Precio: 9 euros IVA incluído
Fecha de edición: Mayo 2012

Sara Roma,

literariacomunicacion@yahoo.es

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3 pensamientos en “Vestida de blanco, bajando la escalera cuando el reloj da la hora

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