Diario agónico de un fumador de opio

Soy la mentira que dice siempre la verdad.

cocteau, cordón umbilicalEste año se cumple el cincuenta aniversario del fallecimiento de Jean Cocteau, un poeta “que contaminó con su visión lírica todas y cada una de las disciplinas que cultivó” (p. 16). Aunque fue un artista completo, casi un hombre del Renamiento que cultivó todas las artes, reconoció que su poesía era “un sacerdocio, un monasterio en el que es esencial enclaustrarse, cueste lo que cueste” (p. 22). El cordón umbilical, esta rareza inédita hasta hoy en español, y que acaba de publicar la editorial Confluencias, es una muestra de esa vida monacal, de ese ejercicio reflexivo y solitario del que se ocupó durante sus últimos años. En un principio, esta obra surgió como un encargo de su amiga Deniste Bourdet que dirigía la colección Yo y mis personajes centrada en publicar (para la editorial Plon) textos de autores que −tomando como referencia la frase de Flaubert «Madame Bovary soy yo»− reflexionasen sobre la parte de observación, de intuición y de invención de sus obras y sus personajes.

A colación de la frase de Flaubert, Cocteau subraya “el autorretrato que, por fuerza, un pintor sincero hace de sí mismo cuando pinta un paisaje, una persona o una naturaleza muerta, porque la pintura y la escritura son más una manera de ser que una manera de escribir o de pintar” (p. 52). Ese autorretrato al mismo tiempo está asociado al cordón umbilical que une al artista con sus creaciones que terminan por abandonarle como si experimentaran la necesidad de huir y vivir a su aire.

Jean-cocteaudnEste cordón umbilical es una especie de diario, un libro personal y experimental. Tres sonetos en prosa a modo de frontispicio y epílogo acotan este libro de memoria, recuerdos y reflexiones que transita a través de una estructura errática. Sin embargo, es interesante por lo que nos ofrece: un paseo nostálgico a las primeras obras, los artistas con los que se codeó y las amistades que forjó. En estas páginas resucita nombres como Flaubert, Picasso, Chaplin y rememora el París de la Belle Epoque donde triunfó como poeta. Pero en El cordón umbilical predomina la voz del enfermo, la voz del hombre que sabe que no podrá sobreponerse y que, a pesar de ello, intenta buscar el bienestar en un pequeño pueblo costero. De ahí el estilo errático que caracteriza el texto. Hace casi un siglo Cocteau ya sufrió los envites de los reproches y las críticas, por su dispersión o porque no ser considerado un autor completo. Nunca supo construir un discurso y seguir un hilo, por eso justo en el preciso instante en que su tiempo se acorta, no le interesa enmendarse, aunque es consciente de que continuamente se aleja por los márgenes de las divagaciones. Entonces y ahora siguen ignorando que nunca aceptaba “emprender una tarea sin anudarla con un nudo tal que no haya que recurrir al subterfugio de Alejandro para vencerlo” (p. 96).

Numerosos cordones umbilicales me atormentan, me importunan, a pesar de la actitud impávida y confusa de mi descendencia.

En contra de lo que piensan algunos críticos y escritores como Luis Antonio de Villena (que en su reseña en El Cultural define esta obra como texto bello y lúcido de autoexégesis, aunque es una obra menor), para Alfredo Taján, magnífico prologuista de esta edición, la obra cocteauniana resulta rabiosamente actual porque se trata de “una serie de teselas, de fragmentos, que tienden a la totalidad” (p. 12). Y es que Cocteau, príncipe y mendigo de sí mismo, era la mentira que siempre decía la verdad, por eso jamás cesó de reinventarse.

El artista fue siempre fascinante y misterioso. Desde su nacimiento estaba predestinado a llevar una existencia marcada por el drama y la polémica. El suicidio de su padre, su adicción al opio, la prematura muerte de su amante Raymond Radiguet, la persistencia de sus enemigos y la constante polémica que siempre suscitó a su alrededor, forjaron al hombre, al artista y al mito.

Esta obra que ha estado sola, olvidada durante mucho tiempo, se convierte ahora casi en un objeto de culto para muchos admiradores de la obra de Jean Cocteau. Decía Luis Antonio de Villena en su reseña que es una obra menor y sugestiva. Sí, en efecto El cordón umbilical no se compuso para estar en la primera fila del canon literario, sino como un legado, como sus últimas palabras en vida. El cordón umbilical es mucho más que una obra minoritaria, alejándose de la pretensión de un clásico aburrido, es un entrecortado testamento de la vida que se escapa. Un telegrama final.

Sara Roma,

literariacomunicacion@yahoo.es

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