Aforismos de Voltaire

PortadaFrenteAforismosEl filósofo Voltaire (1694-1778) fue una de las figuras más sobresalientes de la Ilustración, movimiento cultural e intelectual presidido por la razón y el combate contra la ignorancia, la superstición y la tiranía. En sus escritos literarios y filosóficos defendió la justicia y la razón del individuo y denunció el providencialismo y la intervención divina (Cándido, 1759), aunque siempre apoyó la convivencia pacífica entre personas de distintas creencias.

“Hace cuarenta años que ejerzo el desdichado oficio de literato y hace cuarenta años que ando agobiado de enemigos”, se quejaba en 1758 Voltaire a su amigo Jean Le Rond d´Alembert. Sin embargo, él, que se jactaba de conocer a su público y sabía que el entusiasmo pasa («No hay más medallas que las que otorga la posteridad»), tomó como referencia el bello y certero aforismo de Hipócrates: «La vida es breve; el arte es largo; la experiencia es engañosa; el juicio es difícil».

En su magnífico ensayo La cultura de la conversación, Benedetta Craveri argumenta que “el verdadero salón de Voltaire, el lugar donde podemos admirar aún hoy todo su conocimiento mundano en acción, es la correspondencia” que mantuvo con la flor y nata de la nobleza europea y con filósofos, como Rousseau, D’Alembert o Diderot, entre otros. Hermida Editores publica una selección de estos pensamientos extraídos de su copiosa correspondencia en Aforismos, la primera incursión que se hace en la extensa correspondencia de Voltaire en castellano y cuya selección y traducción ha sido llevada a cabo a cuatro manos por María Teresa Gallego y Amaya García.

Mi destino es la calumnia, porque tengo la desdicha de ser conocido. Sé muy bien que mi reino no es de este mundo y que tengo que morirme para que se me haga justicia.

Con la lectura de Aforismos, el que el lector podrá componer el retrato de uno de los pensadores más notables de la Ilustración francesa. Era un hombre al que no le llamaba la atención ser profeta en su tierra. Pensaba de su oficio que «los filósofos no pueden resultarles de utilidad ni al Rey, ni a las leyes ni a los ciudadanos» y sabía que era posible morir «con el dolor de dejar al mundo tan estúpido como lo encontré». Voltaire se definía a sí mismo como un hombre resuelto a burlarse «de la gente hasta el último suspiro. Soy como Arlequín, a quien, condenado a muerte, preguntó el juez qué clase de muerte deseaba. Y, muy sensatamente, escogió morirse de risa». En efecto, como Arlequín, Voltaire se sentía un hombre feliz y aunque sostenía que por encima de todo «hay que querer a los amigos y olvidarse de los enemigos», utilizó su obra para defenderse de sus enemigos. En su época era un maestro de la ironía que la empleaba para lanzar dardos siempre con un lenguaje sencillo.

Quien no conozca la obra de Voltaire tiene una oportunidad de acercarse a su figura con este libro que, aunque recoge el pensamiento del S. XVIII, es una guía de la inteligencia reflexiva que garantiza una lectura amena. 

Sara Roma,

literariacomunicacion@yahoo.es

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