Murasaki

murasakiPara los admiradores de la literatura japonesa, sin duda, el nombre de Murasaki no pasará desapercibido y lo reconocerán por Murasaki Shikibu, autora de la Novela de Genji. Murasaki (2013, Menoscuarto) es también el título de la cuarta novela de Julio Baquero Cruz (Palencia, 1972), una preciosa novela poética marcada por un ritmo tranquilo para que el lector se recree en la riqueza del lenguaje y en las descripciones líricas de un Japón antiguo y lejano en el que contrastan los lujos de la sociedad imperial con el erotismo refinado de las geishas, la pobreza de algunos barrios y la colorista naturaleza de los campos de lavanda y cerezos en flor.

La novela arranca en Matsuro, la residencia del ministro Minamoto no Rinshi, un “palacio dentro de otro palacio como hay sueños dentro de otros sueños”. Su nombre fue elegido por el artífice de aquella obra, un oscuro y sabio poeta que pretendía evocar “el vigor y la longevidad del pino, las preciosas pestañas que siempre habían tenido las mujeres de la familia del ministro y el deseo de consolidar el culto de su ascendencia divina, que llegaba a rivalizar con la estirpe del emperador”. Sin embargo, la vida no puede ser más monótona y aburrida: la esposa del ministro, Minamoto, no puede salir sola y siempre está rodeada de damas “que se le acercan como polillas”. Un día Minamoto sale con sus damas de compañía a pasear por la ciudad y llegan al mercado de pescado donde llama su atención un ser diminuto que empieza a seguirlas y en el que la mujer cree reconocer una antigua presencia dorada. Se trata de la pequeña Murasaki a la que adopta y lleva a vivir a palacio junto a sus dos hijos. Allí recibe una educación exquisita: aprende música, poesía, arte, dibujo… Pero un día es obligada a abandonar el palacio porque el hijo mayor de Minamoto se hace hombre y no basta con arrancar la mala hierba “había que arrancarla de raíz”. Entonces, inicia una nueva vida como geisha hasta que puede regresar al que había sido su hogar y descubre que la vida no le satisface e inicia un viaje vestida como monje hasta que la encuentran los bárbaros del norte, de quienes recuerda historias terroríficas que ha oído de niña. A partir de aquí la novela se torna más filosófica, poética y espiritual. Murasaki se enriquece con las historias personales, algunas muy antiguas, y que transmiten un mensaje filosófico y con un poso de aprendizaje, como este: “Todo va a desaparecer, el hombre, sus cosas, el mundo entero. Pero no hay que pensar en la muerte ni en la nada. El hombre sabio no dedica a la muerte ni un segundo de su tiempo. Solo piensa en la vida. Abraza la fugacidad, pero no se abandona a ella” (p. 209).

Como la filosofía de Lao Tse, en esta novela hay una filosofía infinita, lecturas llenas de simbología (el palacio, el monje, el maestro, el camino, etc.) que multiplican su significado a ojos de cada lector y cada nueva lectura.

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