Vivir para contarla

Vivir para contarla. Gabriel García Márquez. Random House Mondadori. Barcelona, 2014. 575 páginas. 21,90 €

244_RH28405.jpgNo se descubre la pólvora si se afirma que Cien años de soledad pasará a la historia como la obra cumbre de Gabriel García Márquez y como una de las mejores novelas del siglo XX. La narración de la estirpe de los Buendía debe su éxito a una visión maravillosa de la realidad que acuñó un nuevo término: lo real maravilloso. Ese gusto por lo insólito y azaroso se remonta a la infancia de García Márquez en su Aracataca natal, una población que posteriormente sería bautizada como Macondo en su ingente producción literaria. Su país era, por tanto, un territorio fantástico que se le reveló como literario en el momento que tomó sus bártulos para comenzar la carrera de Derecho. Era mejor la lectura, la literatura, que los manuales de leyes, pero ¿cómo se podía vivir del cuento? Esa era la cuestión a la que el joven Gabriel debía encontrar respuesta antes de que fuera demasiado tarde. Y la encontró, aunque hubo de pasar mucho tiempo hasta que se dio cuenta de que incluso un estado de derrota «era propicio, porque no hay nada de este mundo ni del otro que no sea útil para un escritor» (p. 265).

Al abandonar su ciudad natal para continuar su formación académica en Barranquilla, Bogotá y Cartagena de Indias, necesitaba trabajar para poder mantenerse y seguir estudiando, así que el futuro aspirante a escritor encontró en el periodismo el mejor de los oficios. Malviviendo con lo que le pagaban por sus artículos en El Heraldo, «que era casi menos que nada», aprovechaba todo el tiempo libre para leer lo que cayera en sus manos con la intención de aprender la técnica de novelar, la carpintería secreta, de la mano de los grandes: Jorge Luis Borges, D. H. Lawrence, Kafka, James Joyce…

«Hasta la adolescencia, la memoria tiene más interés en el futuro que en el pasado»

Este es un libro para el que el premio Nobel se abrió por completo haciendo partícipe a sus lectores de instantes íntimos que solo deberían pertenecer a su memoria o a la historia de su familia. Su generosidad es tal que comparte y expone los recuerdos familiares en los que se inspiró para escribir sus novelas. Incluso el escritor colombiano supo sacar partido de estas memorias, pues es la distancia de los años la que permite comprobar hasta qué punto las tensiones y el estado de ánimo familiar «eran acordes con las contradicciones mortales del país que no acababan de salir a flote, pero que existían» (p. 273).

Vivir para contarla es la memoria literaria y personal de García Márquez, la que aparece como pasado, presente y futuro en sus obras, y donde muestra la multitud de estilos narrativos y técnicas que empleó a lo largo de ellas: desde el realismo mágico de Cien años de soledad, pasando por la visión descarnada de una Latinoamérica que se desangra en manos de sus dictadores (El otoño del patriarca), hasta llegar al pasado colonial con tintes folletinescos de El amor en los tiempos del cólera o Del amor y otros demonios.

Ya lo dijo el autor: «la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla».

Sara Roma,

sararoma@literariaccomunicacion.com

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