Intemperie

Intemperie. Jesús Carrasco. Seix Barral. 224 pp. ISBN: 9788432214721. 16.50 €

IntemperieEl año pasado la novela Intemperie (Seix Barral, 2013) fue elegida como “Libro del año” por la Asociación de Libreros de Madrid. El escritor novel Jesús Carrasco parecía haberse metido en el bolsillo a crítica y lectores con su debut literario —que va por la 18ª edición y que ha sido traducido a 15 idiomas y vendido a toda Hispanoamérica—, y era celebrado y encumbrado como la “voz nueva en el panorama literario español”, como un clásico a caballo entre la riqueza narrativa de Miguel Delibes y la fuerza literaria de Cormac McCarthy. Ante tanto reconocimiento y aplauso, es casi imperdonable y toda una obligación lanzarse a su lectura para conocer y sondear los estilos y tendencias del panorama narrativo actual. Así que a proposición de un buen amigo, el escritor Miguel Urda, decidí leerla.

Intemperie narra la huida de un niño que se escapa de su casa y se refugia en el monte, hasta que deja de escuchar los gritos de los hombres que lo buscan. No se trata de una chiquillada momentánea, pues está decidido a abandonar aquello que le causa tanto mal. Su huida no se promete fácil (es pleno verano y la región está castigada por una dura sequía), pero por fortuna se encuentra con un viejo cabrero que lo amparará y protegerá como a un hijo, de la mano de quien emprenderá un viaje iniciático que cambiará su vida.

La novela, que parece sencilla en cuanto a su planteamiento y estructura (capítulos breves, pocos personajes y una localización y contextualización indeterminada), comete una serie de errores que no deben pasarse por alto aunque se alabe su prosa poética. Lo más grave de todo es que el libro concluye sin despejar las incógnitas que plantea: por qué huye el niño, quiénes conforman su familia, qué ha hecho el pastor en el pasado para que el alguacil quiera vengarse de él… Solo sabemos que un día “brotó [en el niño] la idea de la fuga como una ilusión necesaria para poder soportar el infierno de silencio en que él vivía” (p. 51). Que el tiempo y el lugar sean voluntariamente indeterminados, no va en detrimento de la historia, aunque obligue y moleste a quienes necesiten hacer sus cábalas para contextualizarla en un momento entre principios y mediados del siglo XX. Sin embargo, el desarrollo de la trama es desigual y la acción se hace esperar hasta más de la mitad de la novela. Solo cuando el niño se dirige al pueblo abandonado a coger agua, debido a la sequía, el libro se torna interesante, pues entran en acción otros personajes que dotan a la trama del suspense y la intriga necesarias. El autor tenía una oportunidad de oro: podría haber emparentado al alguacil con el niño, descubrir al final una relación familiar, un golpe de efecto que le hubiese concedido un final redondo, sin necesidad de dar ninguna otra explicación.

A favor suyo hay que destacar el hecho de conceder el protagonismo a un personaje infantil, ponerse en su piel, transmitir al lector la dureza de un estilo de vida para la que no estaba preparado (como la falta de alimentos o las verdaderas condiciones de vida que imponía un llano como aquél”), demostrando una gran capacidad de adaptación y desarrollar unos personajes que se muestran a través de sus acciones y simbolizan la maldad, el odio, el rencor, etc., en un mundo gobernado por la violencia.

Jesús Carrasco posee una prosa magistral, impecable y perfecta, que recoge el rico y desconocido vocabulario del campo y sus oficios. Se trata de una prosa poética muy cuidada, llena de metáforas bellas; una literatura que ensalza la naturaleza, un canto a lo rural y al solitario oficio de la trashumancia. A través de arquetipos como el niño, el cabrero o el alguacil, narra una historia dura y lírica a partes iguales y recrea un entorno rural asolado por la sequía, en el que solo sobreviven aquellos que ejercen la brutalidad “sin más razón que la codicia o la lujuria”.

Dudo que la obra de Jesús Carrasco continúe este camino iniciado. Confío en que tiene mucho más que ofrecer. De momento, en su segunda novela promete intensidad y tensión en el lenguaje. Como dice Miguel Urda, veamos con qué nos sorprende.

Sara Roma,

sararoma@literariacomunicacion.com

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