Los últimos

Los últimos. Juan Carlos Márquez. Editorial Salto de Página, 2014. 184 págs. 14,90 euros

LosúltimosMe da la sensación de que desde hace unos años quienes en narrativa dan el salto a la novela lo hacen con historias distópicas. Así lo hizo Carlos Palacios con El largo invierno chino (Eutelequia, 2013) o Carlos Candel con Inmortalidad, instrucciones de uso. En ese mismo género se mueve Juan Carlos Márquez (Bilbao, 1967), de quien no se puede decir que sea una promesa de la literatura española ni un escritor novel porque ya ha realizado un notable recorrido literario. En 2008 se hacía un tímido hueco en el panorama narrativo con el libros de relatos Oficios, y continuaba esta senda con Norteamérica profunda, Llenad la Tierra (2010) y Tangram (Salto de Página, 2012). Lo que sí es nuevo y promete es su primera novela, Los últimos, una historia sobre el fin del mundo y las posibilidades de supervivencia en otro planeta.

A modo de diario (la primera parte se titula “Diario de la tierra” y la segunda, “Diario de Marte”), Adam Crowley (un hombre de 38 años, casado, padre de un niño y otro que viene en camino), narra la historia de Los últimos, una aventura terrenal y cosmonáutica, que pondrá a prueba la capacidad de superviviencia del ser humano en un entorno que se vuelve hostil e incómodo. Él es uno de los pocos supervivientes de un apocalipsis que ha arrasado la ciudad donde vive. La destrucción —como el origen de la vida— ha durado siete días y el paisaje que ha dejado es desesperanzador: los seres vivos (los humanos, la naturaleza y los animales) “ardieron como teas”, solo sobrevivieron quienes se encontraban a resguardo y la “tierra quedó convertida en un horizonte desolador: una planicie gris y deshabitada en las ciudades y un universo ocre a campo abierto” (p. 12).

Con una precisión de relojero, Juan Carlos Márquez construye una narración con un tiempo y un tempo perfectamente medidos. La estructura de los diarios es prácticamente similar, como dos espejos contrapuestos: treinta y cinco días en la tierra y treinta y cinco en Marte. Casi se podría asegurar que dedica las mismas páginas.

“Sólo tras limpiar el moho del cuchillo ha sido consciente de que el moho es vida, rudimentaria, pero vida al fin y al cabo, como la de los gusanos que no precisan oxígeno para vivir. Si el último hombre llegara a morir, si llegara a hacerlo incluso el último ser, aun en esas condiciones, no estaría todo perdido. Quedarían sobre la tierra el moho y los gusanos. Y millones de años de oscuridad por delante”.

La narración comienza in media res y se centra en contar cómo se las apañan los que logran sobrevivir: cómo se alimentan; cómo tienen que echar mano de mascarillas de oxígeno; cómo es la vida entre tanta desolación e incertidumbre; cómo “entretienen la espera empalando a las ratas muertas”… En la novela no importa el porqué de esta catástrofe; no se sabe pero se puede intuir, y es ahí donde juega un papel importante el lector como creador de la pieza que falta.

Lo menos interesante es el escenario, pues es de sobra conocido por la excesiva tendencia de la industria cinematográfica a producir películas apocalípticas. Sin embargo, no menos cierto es que, aunque el tema sea conocido y lleve al escritor y al lector a imitar los escenarios cinematográficos, el modo de tratar el tema y contar la historia es lo reseñable. El estilo es impecable. No hay un ápice de barroquismo ni pretensión literaria porque no sería verosímil. Las palabras están contadas y medidas, pues incluso el papel es un bien escaso, por eso hay que ser escueto y conciso. Márquez se ha metido en la piel de su narrador protagonista y ha relatado la epopeya de un hombre (“un solo cronista alumbrado por la fluorescencia débil de sus propias palabras escritas con un rotulador” p. 72)  por mantener la supervivencia, aun intuyendo que la consolidación de la vida en Marte necesitará años y no será un oasis de vida, sino un reducto de supervivencia.

Sara Roma,

sararoma@literariacomunicacion.com

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