Rostros, amores, maldiciones

Rostros, amores y maldiciones. Mohamed Chukri. Cabaret Volaire, 2014. 208 pp. 18.95€

cubierta_diario.inddMohamed Chukri (Beni Chiker, 1935-Rabat, 2003) pasó una infancia oscura, marcada por la violencia y el hambre. Aquellos días en los que vivía sin poder cambiar nada los narró en El pan a secas. Escribir le sirvió para librarse del trabajo oficial, aunque no de la censura y del insulto, porque fue un maldito. Desde entonces, los libros y la escritura jamás se agotaron, venciendo el paso del tiempo y dirigiendo sus sueños.

Parafraseando a André Gide («las cosas más bellas son las que inspira la locura y escribe la razón»), el escritor regresa en Rostros, amores y maldiciones (Cabaret Voltaire, 2014) a los días condenados y a la soledad para narrar la última etapa de su biografía novelada que cierra la trilogía de El pan a secas. La Tánger, que hasta hace poco conservaba algo de su juventud y de su belleza, se “ha vuelto salvaje y ya no inspira calma ni serenidad” (p. 11). La noche ya no es sagrada —“es pureza o profanación, sueño o pesadilla, paz o crimen”—, ni siquiera el Zoco Chico que amaron muchos malditos como él, significa más que hastío y miseria; así que en la última estación de sus días, el autor decide devorar el festín antes de que le traicione su apetito.

Organizada en quince capítulos, Rostros, amores y maldiciones es la crónica de un tiempo y una sociedad, es el relato sentido y honesto de los amigos y personas que conoció y trató. Por ejemplo, Al-Hadi que volvió de la guerra de Indochina con los brazos amputados; Baba Daddy, el dueño del bar Tánger en Burdeos; Hamady, apodado el Jugador, porque no le importa lo que obtiene, sino el placer de ganar, aunque sea poco; Ahmed, que obtuvo la jubilación anticipada justificando que no servía para la enseñanza; Monsef, aficionado a las noticias de muerte y de muertos, que “deambula por la ciudad para ser el primero en conocer la noticia, después de la familia del difunto” (p. 151). Buscarse en ellos y recordarlos, le sirve a Chukri para volver a sí mismo.

Tánger es también sus locales y cafeterías que pretenden emular a París aunque la ciudad se debate “para salir de la cloaca de miseria que la envilece y ahoga” (p. 118). Durante el día, se paseará por salones como el bar Granada, el Dean´s Bar (refugio de la élite residente y de los visitantes más ilustres) o el Negresco. En cambio, la geografía nocturna de la ciudad se la mostrarán Fátima Zohra, Lalla Chafika, Yasmina o Leila, mujeres que le enseñan que la pasión no sabe de credos y que es preferible no tener citas, pues viene “un día y trae consigo su cuerpo, y viene otro sin cuerpo ni amor, y llega otro más en que se atraen el deseo y el cuerpo” (p. 94).

En Rostros, amores y madiciones, Chukri rememora los días ligeros y sobrios, sin un ápice de añoranza. A veces le invade el desaliento, pero se aferra a los sueños como hilo de Ariadna para extraviarse por la ciudad. No se detiene ante las hojas caídas del árbol de su otoño. Tampoco le tienta la alfombra mágica de la muerte. A lo largo de su vida y su obra ha sabido abrazar todas las estaciones antes de que desaparezcan. Ahora ofrece el ramo de su vida espinosa a quien sepa convertirlo en antorcha de luz.

Sara Roma,

sararoma@literariacomunicacion.com

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