Dioses sin reino

Francisco Moyano acierta al definir a Miguel Rodríguez (Coín, 1960) como un poeta detrás de una cámara; un «ojo público» imprescindible en el devenir cultural y social de la Marbella de los últimos cuarenta año. Sin embargo, muchos ven solo a un hombre pegado a una cámara que lo acompaña en su cotidianidad, como si de un apéndice corporal se tratara. Por lo que no es de extrañar que causara tanta expectación su primer poemario, El ritmo de los caminos (Algorfa, 2014), un pequeño volumen en el que ya preludiaba su siguiente, Dioses sin reino (Edinexus, 2015). A sí mismo se veía entonces como un dios sin reino capaz de vislumbrar el cielo y nunca llegar a alcanzarlo. Y ahora, aquel camino sentimental y lúcido encuentra su continuación en este libro donde retoma los mismos asuntos y afianza su personal retórica.Miguel Rodríguez siempre ha vivido con el tiempo detenido a lo lejos, en ese pretérito perfecto que sacude continuamente su conciencia porque para él el pasado siempre fue mejor que el presente. Pero su paradoja es que no vive el momento actual y lo añora cuando lo ha dejado pasar. Por eso, el tiempo en sus dos formas más recurrentes (el pretérito perfecto y el futuro imperfecto) es la seña de identidad de Dioses sin reino. Mientras que el amor y la amistad; el paisaje urbano y los dones de la tierra son otros temas recurrentes en sus versos y presentes en los sustantivos abstractos «sueño», «tiempo», «muerte» y «días» que se repiten como un mantra.
Sus versos, protagonizados por nombres propios (Blanca, Estambul, Clara…) y localizados en el territorio de la memoria, emulan el estilo y la voz de dos destacados poetas de la generación del 27, Federico García Lorca y Vicente Aleixandre, a quienes Miguel no niega su influencia. Del granadino universal recoge algunos de sus símbolos (el agua, el verde…); del premio Nobel, por su parte, reproduce recursos expresivos como la antítesis (Días o huellas, la muerte y la vida, el espejismo o la rosa) y los paralelismos. Otras características de sus poemas son que no se adscribe a ninguna forma métrica, su verso es libre y está plagado de  encabalgamientos abruptos y suaves (combativo en el redondo/ mirador del aire), recurre a la mayúscula para personificar (Paraíso sin huellas) y emplea similar estructura, ritmo y medida, como los que presentan los poemas dedicados a sus amigas Blanca y Clara.
El Dios en que cree Miguel Rodríguez es el de la poesía, un ser metafísico que alimenta el alma y trasciende al hombre, que lo visita en los momentos y lugares más insospechados (entre cajas de zapatos, en un viaje en coche a Málaga…), trayéndole a la libreta o al trozo de papel que encuentra en la cartera la presencia de personajes que le brindan transparentes inspiraciones y a quienes rinde homenaje. A Lorca en F.G.L. y Lorca, emulando las imágenes más destacadas de su poesía (por los ríos/ de la aurora); a Camarón, en Sueño y Leyenda.

Desconozco si Miguel volverá pronto a la poesía, pues ahora anda enfrascado en un disco-libro homenaje a la Marbepop. Pero aunque hay quien insiste en la mala salud de un género que solo se mantiene vivo gracias a la defensa de unos pocos lectores, él se despide con una advertencia premonitoria en Ismailía: llegaré a ciudades/ de arena y sueño […] Volveré a Ismailía/ para recoger un poema/ y enterrar mi alma).

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: