Casa ajena

Casa ajena. Silvio D’Arzo .Traducción del italiano y posfacio de J. Á. González Sainz Colección Micra. 128 páginas. ISBN: 978-84-945348-1-2

casa-ajena¿Alguna vez han sentido la curiosidad por saber qué es de la vida de alguien con quien nos encontramos cada día? ¿Qué hace, qué siente, qué nos quiere decir con una mirada que se mantiene en la distancia y que nos invita con reservas a establecer una comunicación? Ese es el planteamiento inicial de Casa ajena, de Silvio D’Arzo (Ed. Minúscula), un ejemplo más, como he comentado de otras ediciones, de que la brevedad no está reñida con la excelencia.

Casa ajena es una preciosa historia localizada en los Apeninos (paisaje que popularizó en el siglo XIX Edmundo De Amicis en su celebrada Corazón, con el relato de Marco) que radiografía el influjo de esta médula italiana en el carácter de los habitantes de una aldea perdida, encarnados en la figura de Zelinda, una anciana que lleva a cuestas su vida y sus penurias y que un día acude al párroco para plantearle una inquietante cuestión que lo hará reflexionar sobre el sentido humano de la vida en la tierra.

La vieja Zelinda y el sacerdote del pueblo son dos protagonistas antagonistas que ofrecen su propia versión de ese idioma universal que se impone allá donde la comunicación oral no se produce: el que se sostiene mediante miradas profundas y a distancia. Pero es que como suele decirse, no se le puede pedir peras al olmo, así que poco se puede esperar del comportamiento seco y distante de los lugareños. El párroco está prevenido y reconoce que la manera de conducirse de ellos se parece más a la de los animales o los primitivos: “que alguien intente usar tenedor y cuchillo por aquí arriba, o hablar un italiano decente, o incluso estrecharle tan solo la mano a una mujer. Se refugian de golpe en su caparazón”. (p. 46) Sin embargo, es la topografía donde gusta recrearse el autor— la que nos muestra como el cristal de un espejo la idiosincrasia, en una narración para la que D’Arzo aplica un estilo lírico y similicadencioso, cuajado de polisíndeton y símiles:

“Hay aquí arriba una determinada hora. Las cárcavas y los bosques y los caminos y los prados de los pastos se ponen del color de la herrumbre vieja, y luego amoratados y luego azules: al anochecer las mujeres pasan un rato soplando agachadas sobre los braseros en el escalón de la entrada, y las esquilas de bronce llegan con nitidez abajo hasta la aldea. Las cabras se asoman a las puertas con unos ojos que se parecen a los nuestros”. (p. 108)

Al hermetismo de los aldeanos se une la sensación que siente el protagonista de que allí no pinta nada, de que su papel de párroco se parece más al de un funcionario que al de un consejero espiritual. Solo acuden a él para las fiestas parroquiales, para oficiar una boda, para enseñar el catecismo a los chiquillos o para poner de acuerdo a cabreros por un puñado de tierra, como quien va al médico para que le cure o simple resfriado o le recete un analgésico y así hasta nueva orden. “El pan mío de cada día ya solo era ese: lo demás ya no era para mí” (p. 24), sostiene. Entonces, es cuando el lector va percatándose de que esta es la casa ajena a la que se refiere el novelista.

Sin embargo, que nadie se apresure a juzgar esta obra de anodina pues plantea una pregunta que no se sabe o más bien no se quiere responder y que nos dirige de manera elegante al misterio de este drama íntimo.

La obra queda completa con el magnífico posfacio de J. A. González Sainz, El desahucio de la palabra (vergüenza y silencio), que nos revela la personalidad de Ezio Comparoni (el verdadero nombre de Silvio D’Arzo Reggio Emilia, 1920–1952), a través de una dura infancia y juventud bajo el régimen fascista de Mussolini y la consiguiente Segunda Guerra Mundial.

Gracias a Minúscula y González Sainz por apostar por esta pequeña alhaja que en su día Giorgio Manganelli calificó de «tragedia teológica» y que Eugenio Montale no dudó en definir como «perfecta». Les llega al corazón.

Sara Roma,

sararoma@literariacomunicacion.com

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