Ciudades

Ciudades. Antonio Jiménez Millán. Prólogo de Luis García Montero. Editorial Renacimiento, 2016. 208 páginas. ISBN 9788416981076. 11,31  euros

CiudadesAsegura el poeta Jaime Siles que “no hay antología que no sea necesaria: todas, de un modo u otro, lo son”. Algunas sirven para reunir voces de una misma época y otras concitan la atención en torno a un tema. Sin embargo, las individuales y propias son las que mayor dificultad entrañan. Eso es lo que pienso tras leer Ciudades, de Antonio Jiménez Millán (Granada, 1954), un volumen que compendia aquellos textos que recogen su experiencia urbana y vital desde Restos de niebla hasta Clandestinidad (Visor, 2011, Premio de Poesía Generación del 27), donde recuerda los años de militancia en el Partido Comunista.

Hacía falta una antología de la obra del granadino, pues desde La mirada infiel (1975-1985), publicada en 1987, no había salido (salvo la segunda edición ampliada de 2000) ningún volumen que recogiera la poesía más actual. Y es que, como define en su prólogo Luis García Montero, la poesía de Jiménez Millán es “una de las más sólidas de la literatura española contemporánea”, cimentada sobre la lucidez que aporta la “implacable conciencia del tiempo”.

En sus poemas conversa de manera lúcida con el tiempo que le ha tocado vivir y con temas como el amor, la presencia y ausencia, la noche, la muerte o las ciudades, que, al igual que para Jaime Gil de Biedma o Ángel González, fueron el mejor escenario y que, en el caso de Jiménez Millán, da título a esta antología editada por Renacimiento, que condensa el carácter de toda su obra, marcada por un ritmo propio: la música de la noche, el insomnio y el humo de la soledad buscada.

La poesía de Jiménez Millán es transparente como el agua, por lo que llega perfectamente al lector ajeno al lenguaje poético. De igual forma, sus versos están plagados de alusiones al mundo de la pintura, la música o la literatura, y quien busque algo más profundo y regrese a su lectura, puede descubrir símbolos cargados de un significado insospechado. Esa es la cualidad de su obra.

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Paseando con Alberti y García Montero en Cádiz. Créditos de imagen: Todocoleccion.net

Pienso que esta selección de setenta poemas no es nada arbitraria, a diferencia de su primera antología. Sin embargo, la mirada sigue siendo infiel y volver la vista atrás entraña ciertos peligros, como la corrección y la reescritura. Por eso, no es extraño que aparezcan algunos poemas retocados, como “Reencuentro” y “Faro de Trafalgar” (de Ventanas sobre el bosque, Premio Rey Juan Carlos, 1986), dedicado a Rafael Alberti, a quien Jiménez Millán conoció en los años 80.

Para esta recopilación, el poeta ha preferido obviar los tres primeros libros (Predestinados para sabios, 1976; Último recurso, 1977, y Poemas del desempleo, escrito entre 1976 y 1978), que constituyen la poesía juvenil, comprometida políticamente y que entiende la literatura como una forma de resistencia. El elegido para inaugurar este volumen es Restos de niebla —poemario que publicó en 1983 el suplemento de la revista Litoral en una edición que constaba de cincuenta ejemplares numerados, con firma autógrafa del autor e impreso con un grabado original de Stefan von Reiswitz—, del que ha rescatado cuatro títulos: “Cruz de Quirós”, “Jardín inglés”, “Nadja” y “Voces de otro tiempo”.

El siguiente título es Casa invadida (1991), un libro con influencias cortazarianas y borgianas muy importante en su trayectoria vital porque registra, como si de fotografías se tratara, estampas muy íntimas en lugares y con personas que han ejercido un papel destacado en un momento determinado. De aquí sobresale un poema con el que rinde homenaje a Jorge Luis Borges, a quien fue a ver a Buenos Aires en 1984, gracias a la expedición “Granada en Buenos Aires” que organizó Roberto Alfano. “Un colaborador de Borges se ofreció a llevarnos a su casa. Entonces, Luis García Montero y yo no teníamos ni 30 años. Aquella visita inspiró ‘El otro laberinto’”, recordaba Antonio en una lectura poética.

Recuerdo su ironía
al presentarnos —“Yo no soy joven, y no sé
si alguna vez he sido poeta”— nuestro miedo
también.

En este libro aparece además el único soneto que ha escrito en su vida, “Cantor del Jazz”, dedicado a un bar de la Málaga de los años 80 y 90, que desgraciadamente no existe y su dueño, Miguel Hernández Torralbo, tampoco. El poema que cierra Casa invadida se titula “La tarde”, igual que la casa de Lorenzo Saval y María José Amado en Torremolinos, donde tan buenos ratos pasó, como aquella fiesta fin de año a la que se refieren los versos.

A mitad del libro llegamos a los poemas que cabalgan entre el final del siglo pasado y los primeros años del presente. Inventario del desorden (Premio Ciudad de Melilla, 2003) es una suma de ficción y de memoria que se abre y cierra con la figura paterna (“Dominio de la herrumbre”) y materna (“Desde una biblioteca antigua”). Aparte de estos, también se distinguen textos de Calma aparente, “acompañamiento poético”, como dice el poeta, para la exposición con la que el fotógrafo Ignacio del Río inauguró el bar Liceo en 1994, y “Cabo de Gata”, en memoria del malogrado poeta granadino Javier Egea quien en los ochenta se fue a Níjar para redactar su libro Troppo mare—, cuyos versos recuerdan a El extranjero, de Camus:

Fue éste su paisaje en otro tiempo,
éstos fueron los símbolos
que quiso compartir bajo la estela
del sol del mediodía,
un sol que a veces hiere
como la culpa o el resentimiento,
como una despedida.

Otro poema con paisaje de mar es “El balneario”, localizado en los Baños del Carmen de Málaga, del que se habla ahora tanto en los medios de comunicación y adonde llevó al poeta Joan Margarit para que pudiera contemplar el espectáculo que crean al atardecer sus columnas rotas…

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De izquierda a derecha: Pere Rovira, Luis García Montero, Joan Margarit, Antonio Jiménez Millán y Francisco Díaz de Castro en la presentación de “El Cantor” (Lleida, junio de 1994). Créditos de imagen: Antonio Jiménez Millán.

En el libro Clandestinidad (2004-2010) hay dos poemas que llevan este título, pero están separados por siete años de diferencia. El primero de ellos habla de la política; el segundo, en cambio, se refiere al amor y el deseo: “No hay nada más profundo que la piel,/ decía Nietzsche./ Eso le salva”.

“Aulas” nació en 2007 a la salida de una clase en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Málaga, de la que es catedrático: un enfado, un disgusto que no podría echar por tierra tantos años de docencia y todo lo positivo que tiene estar en contacto con el alumnado.

Finalmente, “Hotel Ladrón de agua” recoge la sensación de extrañeza de un turista en su propia tierra y con un marco incomparable como este alojamiento a los pies del Paseo de los tristes, junto al río Darro.

Ciudades se cierra con cinco poemas inéditos: “Violín”, “Doce de septiembre”, “El espía”, “Nocturno” y “Treinta años después”.

En definitiva, nos encontramos ante una antología necesaria y muy representativa de uno de los autores más significativos de la poesía española contemporánea. Aquellos que no lo conozcan tienen ahora la oportunidad de acercarse a su obra con la lectura de estas imprescindibles páginas. Que la disfruten.

Antonio Jiménez Millán (Granada, 1954) es poeta y Catedrático de Literatura Románica en la Universidad
de Málaga. En sus inicios formó parte junto con Javier Egea, Álvaro Salvador y Luis García Montero
del movimiento poético "la otra sentimentalidad", que años después derivaría en la llamada "Poesía
la experiencia". Ha recibido diversos premios literarios, como el García Lorca para estudiantes de 
la Universidad de Granada (1976); el Premio Internacional de Poesía Rey Juan Carlos (1986);
el Premio Ciudad de Melilla (2004) y el Premio Internacional de Poesía Generación del 27 (2010).

TREINTA AÑOS DESPUÉS

(Jaime Gil de Biedma)

Mantener la distancia es un aprendizaje
que cuesta muchos años y algunas decepciones.
Lo insinuaba él con su voz grave,
hablando de Galdós, de Eliot, de Oscar Wilde,
o del viejo poema provenzal
que le sirvió para escribir su Albada.
Había que aprender también de los silencios
y de las reticencias, sobre todo.
Nos dejó la leyenda
de aquel sótano oscuro en calle Muntaner
y las conversaciones entre el alcohol y el humo,
pero las copas de la madrugada
no eran para él una forma de olvido,
sino un refugio astuto
para no soportar majaderías.
Mantener la distancia es un aprendizaje.
Lejos de la efusión sentimental
de los más jóvenes, no me queda nostalgia
de la promiscuidad.
Tampoco me seducen como antes
las noches de aventura en sórdidos hoteles
ni los amaneceres en la playa,
los amores difíciles que ya son imposibles.
Aunque el deseo, a veces, despliega sus fantasmas.
Ahora todo está mucho más claro:
en la vida y en la literatura
hay que saber guardar distancias,
no creerse los fuegos de artificio.

Sara Roma,

literariacomunicacion@yahoo.es 

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