La balada del café triste

La balada del café triste. Carson McCullers. Prólogo de Paulina Flores. Editorial Seix Barral, 2017. 160 págs. 16.00 €

portada_la-balada-del-cafe-triste_carson-mccullers_201701171235

Carson McCullers fue la más trágica de “las damas del sur”, grupo conformado junto a Eudora Welty, Katherine Anne Porter y Flaneery O´Connor, cuyo maestro generacional fue William Faulkner. Y aunque han pasado cien años de su nacimiento (celebrado el pasado 19 de febrero), todavía hoy su nombre se resiste a salir de reducidos circuitos literarios y de los estudios de género. Por eso, en este centenario, que coincide con el cincuenta aniversario de su fallecimiento el próximo mes de septiembre, quizás sea un momento idóneo para acercarnos a ella. Con tal motivo, la editorial Seix Barral ha decido rescatar las obras de esta autora imprescindible de la literatura norteamericana del siglo XX, con la reedición de títulos como El corazón es un cazador solitario o La balada del café triste, entre otros, prologados por los autores Jesús Carrasco, Paulina Flores y Cristina Morales.

Nadie describió mejor a esta niña eterna que el poeta Charles Bukowsky en el libro Los placeres del condenado (Visor, 2011). Pero el poema, en tono casi elegiaco, no describe a esta singular mujer a la que se le han achacado toda clase de etiquetas que poco han ayudado a ensalzar su obra y a concederle el lugar que se merece. Quizás, quienes más han hecho por ella, sean dos escritoras contemporáneas, deudoras de su estilo: Joyce Carol Oates y la canadiense Alice Munro, Premio Nobel de Literatura en 2013.

Ahora, como digo, es un buen momento, para acercarse a su obra a través de sus relatos breves, como los que recoge La balada del café triste (Seix Barral, 2017), título homónimo de la narración que abre el volumen, a la que siguen “Wunderkind”, “El jockey”, “Madame Zilensky y el Rey de Finlandia”, “El transeúnte”, “Dilema doméstico” y “Un árbol. Una roca. Una nube”, narraciones desconcertantes de finales inesperados y abiertos. No obstante, “La balada del café triste” es una de sus más notables creaciones. En su autobiografía inacabada, Iluminación y fulgor nocturno, la autora localiza la posible semilla de esta historia en la calle Sand de Brooklyn y un bar donde vio a una extraña pareja: una mujer alta y fuerte y un jorobado pegado a sus talones. Aquella imagen la trasladó a un pequeño pueblo del sur de los Estados Unidos, donde la vida transcurre sin ningún suceso destacado, lo máximo a lo que aspiran sus lugareños es a que llegue el fin de semana y a comprar alcohol a Miss Amelia Evans para beber en solitario en sus porches. Esta vida gris se ve plácidamente alterada el día que llega un forastero jorobado, que inspirará a la protagonista a abrir un café que acabará convirtiéndose en el punto de encuentro del pueblo, “un buen recurso para los solteros, los desgraciados y los tísicos”.

Amelia representa lo grotesco a través de su físico (viste con mono de faena), su carácter dominante y su poder económico, cualidades propiamente masculinas para la época en la que acontece, y que pone “en jaque las categorías culturales dominantes de una sociedad patriarcal opresora”. En cambio, el jorobado, posee un carácter especial, un “instinto capaz de establecer un contacto inmediato y vital entre ellos y el resto del mundo”; una persona que disfruta con las emociones fuertes y se las apaña para enzarzar a la gente en una discusión sin mediar palabra.

A diferencia de otros relatos, en La balada del café triste McCullers emplea técnicas como la del narrador en segunda persona (se dirige al lector y lo hace cómplice de la historia), o la del spoiler, sin importarle en absoluto destripar una parte importante de la trama, advirtiendo al lector de que no pierda de vista al personaje de Marvin Macy, quien jugará un papel destacado al final de la historia.

Otro aspecto reseñable son las potentes imágenes que salen de su excéntrico universo (solo ella es capaz de comparar la yema del huevo frito con el llanto de la protagonista de Wunderkind) y las singulares descripciones (“Heine parecía oler siempre a pantalones de pana, a la comida que había tomado y a resina”).

Sin embargo, si hubiese que reseñar el elemento cohesionador del volumen, en este caso habría que mencionar dos: la música, interpretada por las mujeres (la propia Carson recibió una sólida educación musical)  y la galería de personajes que pueblan sus páginas, salidos del mismísimo Freaks de Tod Browning o de las fotografías de Diane Arbus, y que ocupan el Olimpo de sus historias, porque McCullers supo configurar un tono elegante y propio, al estilo discordante del jazz, de la mano de estos deformes, tullidos, tarados, depravados y extraños seres.

Sara Roma,

literariacomunicacion@yahoo.es 

Anuncios

Un pensamiento en “La balada del café triste

  1. Pingback: Reflejos de un ojo dorado | Literaria Comunicación

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: