Reflejos en un ojo dorado

Reflejos en un ojo dorado. Carson McCullers. Prólogo de Cristina Morales. Epílogo de Tennessee Williams. Seix Barral, 2017. 144 pp. 16 euros

reflejosCuando en 1940 se publicó El corazón es un cazador solitario, Carson McCullers era una joven sureña de veintitrés años que se prometía una carrera brillante tras la aclamada y vibrante acogida por parte de la crítica norteamericana. Sin embargo, nada más lejos de la realidad: su siguiente novela, Reflejos en un ojo dorado resultó incómoda y decepcionante para quienes la habían encumbrado justo un año antes. Y aunque la crítica pusiera la atención sobre la homosexualidad, la infidelidad y la violencia, lo cierto es que lo único que hace McCullers es ahondar en estos temas que ya aparecieron en El corazón es un cazador solitario.

Hubo que pasar una década hasta que Tennessee Williams, que leyó en su momento la obra, escribiera en prensa un artículo en el que alababa a esta niña prodigio de la literatura norteamericana que había sido atacada y ridiculizada por ciertos sectores que denunciaban las esotéricas marcas de su pertenencia a «la escuela gótica», de la que William Faulkner fue su máximo representante y que los escritores intelectuales abominaban.

En esta ocasión, la autora traslada la acción a una base militar del Sur de Estados Unidos en época de paz, centrando la atención en el conflicto y las tensiones internas entre cinco personajes: el rígido capitán Penderton; su esposa, Leonora,  amante del comandante Morris Langdom; su enferma mujer, Alison, y el criado de ellos. Será la presencia de un joven soldado, Williams, quien despierte en Penderton una extraña atracción que atravesará momentos de odio y que conducirá la situación a una profunda violencia, que Tenesse Williams justifica (McCullers abusa en algunas partes del libro de una simbología grotesca y violenta) “porque un libro es corto y la vida de un hombres, larga” (p. 132).

Por su parte, la prologadora del volumen, Cristina Morales, destaca la capacidad de McCullers de unir elementos radicalmente separados, pues aglutina “parejas, tríos y orgías de significación incómodas”, consiguiendo “con un poco más de cien páginas lo que Albert Cohen en Bella del Señor con más de ochocientas: problematizar la belleza y la pasión, vincular ambas a la ambición y la mezquindad y realizar, gracias a esas alianzas inesperadas, una dura crítica de los poderosos”.

El tedio, la soledad, la incomunicación o el exceso de tiempo de ocio son los que producen la radicalidad y la violencia final, un destino al que se conducen y del que no pueden escapar estos personajes ruines y miserables. McCullers vuelve a demostrar que no le interesa trazar retratos de personas honorables, ni esposas fieles; más bien, prefiere reproducir una imagen completamente opuesta para poner el foco de atención en unos seres depravados y trastornados, porque hay “momentos en que el mayor anhelo de un hombre es tener alguien a quien amar”, pero en otros “es preciso descargar en odio os disgustos, los desengaños y temores”.

Puede que esta no sea la mejor obra de McCullers, ni siquiera es recomendable para leer por primera vez a su autora. Es muy superior Frankie y la boda y, sobre todo, La balada del café triste. A pesar de que a la novela le falta profundidad temática y explota demasiado algunas escenas, sin embargo, sin embargo, Carson McCullers suple con el dominio de la composición en una atmósfera narrativa sobria donde se concentra la tragedia.

Sara Roma,

literariacomunicacion@yahoo.es 

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