Cuentos escogidos, de Shirley Jackson

Cuentos escogidos. Shirley Jackson. Editorial Minúscula, 2015. 168 pp. ISBN: 9788494353970. 18.00 €

Que un escritor sostenga que la experiencia sirve para ficcionar no es nada singular. Pero, dicha afirmación leída o pronunciada por una autora de relatos de misterio y terror da que pensar.

Shirley-JacksonShirley Jackson (1916-1965) es posiblemente la persona que más ha influido sobre escritores tan célebres como Stephen King, Richard Matheson o Joyce Carol Oates, sin embargo ni la literatura ni el cine le han hecho justicia. ¿Quién asocia hoy su nombre a la película The Haunting (1963)? ¿Cuántas personas son capaces de citar el título de alguno de sus relatos? ¿Quién puede encontrar su huella en “Los chicos del maíz”? Nunca pudo saborear las mieles del éxito ni disfrutar de una vida acomodada. Siempre bregando con la educación y el cuidado de los hijos y la casa, el poco tiempo que le restaba lo dedicaba a escribir, robando horas al sueño con tazas de café (bebida que aparece frecuentemente en sus relatos) y dejando notas en cualquier rincón, a modo de disparadores creativos, para sus próximas historias.

Hace unos meses, coincidiendo con la celebración del centenario de su nacimiento (14 de diciembre), algunos diarios y revistas especializadas aprovechaban la ocasión para elogiar títulos como “La lotería” o “The Haunting of Hill House” y rescatar libros como Siempre hemos vivido en el castillo y Cuentos escogidos (ambos editados por Minúscula), un volumen que recoge una selección de sus mejores historias y que se clausura con el divertido relato “La noche en que todos tuvimos gripe” y tres excelentes conferencias (“Experiencia y ficción”, “Biografía de una historia” y “Notas para un joven escritor” —escrita pensando en su hija Sally, que quería ser escritora—) que permiten al lector conocer a esta mujer de naturaleza neurótica, acomplejada y depresiva que murió siendo muy joven y con una carrera literaria prometedora.

Cuentos escogidosLa sensación de que tienes ganas de más y que deseas lanzarte a escribir es lo que se siente cuando se cierra este volumen. Puesto que no es habitual que un mago se preste a revelar sus trucos, es de agradecer que un escritor consagrado confiese los mimbres con los que crea sus historias y las rutinas o mecanismos que sigue en su oficio (curiosamente, Stephen King hizo lo mismo en Mientras escribo). Precisamente, uno de los consejos que da la autora es que hay que escribir historias que interesen a los lectores, pues es muy fácil contar lo que sucede y olvidar lo más importante: “la inversión emocional concreta que supuso el acontecimiento” (p. 107). Asimismo, asegura que cualquier experiencia sirve para ficcionar (“de tantas cuestiones menores, de tantos gestos pequeños y hechos recordados y rostros inolvidables […] aunque en lo esencial, por supuesto, el origen de cualquier obra de ficción es la experiencia humana”, p. 104) y reconoce que es mejor “escribir una historia que afrontar con éxito los millones de problemas y enfados que surgen habitualmente.”

En cuanto a los relatos, el lector aficionado a este género sabrá relacionar su estilo con el de Richard Matheson y Roald Dahl. “La lotería” es el más redondo de los contenidos en este volumen y sigue siendo el más celebrado desde que  su autora lo publicara en 1948 en el diario The New Yorker, habiendo sido adaptado al teatro, la televisión e incluso al ballet. “Charles”, por su parte, semeja una versión macabra de las travesuras del pequeño Nicolás creado por René Goscinny. Este relato es una interesante aunque descafeinada contribución de Jackson al subgénero de niños terroríficos, donde encontramos historias coetáneas como Es una buena vida (Jerome Bixby, 1953), La mala semilla (Richard March, 1954), Los cuclillos de Midwich (John Wyndham, 1957) o El otro (Thomas Tryon, 1971), todas ellas popularizadas por sus adaptaciones al cine o a la televisión, en la mítica serie La dimensión desconocida (The Twilight Zone).

La localización de “La lotería” también es un rasgo a valorar, ya que por momentos nos da la sensación de encontrarnos en el Maine de Stephen King. De hecho, no es difícil establecer un nexo entre los vecinos del anónimo pueblo en el relato de Jackson, los paisanos de la polvorienta Gatlin en “Los chicos del maíz” (recogido en El umbral de la noche, de 1977) y, por extensión, los pequeños habitantes de Almanzora, localidad ficticia en la que transcurre ¿Quién puede matar a un niño? (1976), de Narciso Ibáñez Serrador. La imagen del pequeño Davy Hutchinson, listo para usar los guijarros en el estremecedor final de “La lotería” remite a una escena de la injustamente poco conocida de la película de Chicho, que es asimismo otra adaptación a la gran pantalla, en este caso de la novela El juego de los niños, de Juan José Plans, reeditada hace unos años por La Página ediciones, pero ya descatalogada.

En definitiva, el mérito de Shirley Jackson es que pone una nota macabra en lo mundano, como si entreviera, por puro entretenimiento, las alternativas más perturbadoras de las situaciones más prosaicas en la vida de un ama de casa, como ir al dentista o  conversar con los niños a la hora de cenar.

Sara Roma,

literariacomunicacion@yahoo.es 

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