Las palabras rotas

Las palabras rotas. Luis García Montero. Ed. Alfaguara, 2019. ISBN: 9788420431963. 232 páginas. PVP 18.90 €

La mayor parte de la información que consumimos a diario está marcada por los sucesos macabros. El ser humano se ha convertido en un consumidor de miedo que con imperturbabilidad pasmosa come tres veces al día frente a una pantalla que lo obliga a engullir cadáveres. Ante tal espectáculo las preguntas que corresponden hacerse es si estamos acabados y no hay alternativas, si hay que renunciar a un mundo más justo y feliz. En absoluto, aunque para conseguir un cambio, se deba comenzar por las palabras. Esa es la conclusión y el punto de partida del último libro de Luis García Montero, Las palabras rotas (Alfaguara, 2019). El poeta granadino regresa al ensayo, un género que domina tan bien como la lírica (ya lo demostró en Una forma de resistencia o Un lector llamado Federico García Lorca, entre otros) y que le sirve para compartir sus reflexiones y sus advertencias sobre el rumbo de los acontecimientos actuales: «Hemos llenado de podredumbre el espacio público durante años. Difícil pensar con ilusión en el futuro ante un vertedero de corrupciones, mentiras y muchos disfraces modernos de la ley del más fuerte», acusa Montero. El tema recurrente es la crítica a este tiempo de consumo que nos convierte a todos en objetos desechables, personas programadas en la obsolescencia: el usar y tirar. Ello, sumado a la velocidad del mundo, marcada por las redes sociales, nos ha convertido en habladores compulsivos que decimos lo que pensamos sin pensar lo que decimos.

En su estructura, el libro es circular pues comienza mencionando a su homólogo y admirado Antonio Machado y finaliza con una conversación con su célebre Juan de Mairena. La primera y la segunda parte, compuestas por breves textos (a modo de artículos) a los que siguen un poema relacionado con el asunto de los mismos, son a mi entender las más perfectas porque se ajustan al sentido del libro. Pero a continuación se presenta un relato biográfico literario (la estética que preside su obra, las lecturas que le influyeron, los autores de cabecera, etc.) que en realidad abunda sobre los conceptos y las palabras centrales de la obra (verdad, bondad, progreso, conciencia, etc.) y sobre todo aprovecha para hacer cierta apología y defensa política y carga las tintas contra quienes dicen no tener ideología y no votan pero acaban comulgando con las fuerzas que gobiernan en cada momento. En la última pieza, “Diálogos con Juan de Mairena” retoma las palabras de este personaje machadiano y las lleva al escenario actual para señalar aquellos argumentos que pueden seguir vigentes. Cierra el volumen un epílogo en el que retoma el inicio del libro y lo clausura de manera circular: «debemos recuperar las palabras rotas por los poderes salvajes, palabras como política, democracia, amor, bondad, verdad, conciencia, progreso, soledad… Necesitamos sacar las palabras y su tiempo del cubo de la basura del descrédito para que nuestros actos respondan a ellas y de ellas».

Montero reclama las palabras de Antonio Machado: «Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno» para advertir que si queremos hacer algo por nuestro mundo debemos repetir el famoso verso. En este sentido, apela a lo que denomina «una política de la bondad» que se traduzca en proyectos sociales, tales como la sanidad pública, la educación igualitaria, la oposición al racismo, a la homofobia, etc. 

Aunque comienza con una manifiesta denuncia del protagonismo que tienen en estos momentos la muerte y su miedo que nos acompañan a lo largo de la existencia y conforma nuestra sabiduría, la obra es una conversación con los lectores para buscar la bondad, una bondad que en su opinión solo puede encontrarse en la verdad que existe en los recuerdos infantiles y en su relación con el mundo.

Machado es solo uno de los numerosos poetas a los que recurre para ilustrar sus reflexiones. Aludiendo a la visión y la intuición de su paisano, Federico García Lorca, García Montero, considera que la aceleración en la que estamos inmersos nos puede dejar caer en una peligrosa melancolía porque rehúsa «la promesa estafadora de un paraíso futuro para crear el recuerdo falso de un edén perdido» y en otras, positiva, para «meditar con voluntad de freno sobre un mundo acelerado que produce inercias autodestructivas». Sin embargo, el autor parece no darse cuenta de que esa melancolía es la que en parte transita a lo largo de este libro, dejando en el lector una sensación de que la política ya no existe y lo que impera es la corrupción y la mentira. Es esa melancolía la que lo lleva a mostrar cierta nostalgia ideológica, a pesar de que reconoce los fallos que antaño cometió su partido (presentar como cabeza de cartel a dos veteranos miembros que no podían competir con la locuacidad y el carisma de un joven Felipe González).

Las mejores secciones son la primera y la segunda porque realmente se observa que se ajustan al sentido del libro. En cambio, la parte central, es demasiado intelectual, plagada de citas y referencias a otros libros y autores que al lector común se le pueden escapar y nada interesantes a menos que pertenezca al ámbito académico. Es más, vuelve sobre algunos párrafos o ideas de algunos fragmentos, dando la impresión de que el libro ha sido un proyecto Frankenstein, un remedo de artículos, conferencias y reflexiones personales para responder a un encargo editorial. Al final, si el libro se lee seguido, la sensación que tendrá el lector es de repetición, si bien puede que haya sido concebido como libro de consulta para leer un par de páginas antes de dormir o por la mañana al despertarnos y meditar sobre estas voces.

Pero más allá de las consideraciones ideológicas, este libro es un canto a la literatura y las palabras compartidas que componen la biografía y el itinerario personal del poeta en tiempos de mercantilización y consumo efímero. La reflexión sobre el ejercicio de la escritura y la poesía le sirve de conocimiento  sobre los procesos que nos constituyen como individuos. Montero comparte su tradición literaria, una herencia pública que dice que nos pertenece a todos. Sin embargo, la escritura la reserva para sí mismo y la define como «un diálogo con los clásicos en el presente».

La conclusión a la que se llega con Las palabras rotas es que las palabras son el único arma que el ser humano debería emplear. Dice Luis García Montero que «la literatura es un acto de rebeldía contra la muerte y el olvido». En este libro nos invita a preocuparnos por cuidarlas y a buscar el verdadero valor y sentido ya que «en el viento de las palabras y la literatura rema un antiguo deseo de entenderse».

Sara Roma

literariacomunicacion@yahoo.es

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