Radiografía de la literatura española al fin de una década

Cualquiera que se dedique a la literatura sabe que para escribir hacen falta tiempo e inspiración. ¿Solo? No, también es necesario despojarse de algunas preocupaciones y de circunstancias que impiden que se den las dos primeras condiciones: como aseguraba Virginia Woolf, una habitación propia para trabajar sin ruidos ni perturbaciones y dinero. Os preguntaréis entonces si no se escribe por rédito económico. Nada más lejos de la realidad porque las letras solo dan para vivir a unos pocos escogidos o privilegiados —el reinado lo ostenta Pérez-Reverte, seguido a distancia por María Dueñas, Dolores Redondo, Javier Marías o Fernando Aramburu, entre otros. De hecho, siempre he sostenido que hay dos tipos de personas que se dedican únicamente a ello: quienes no necesitan trabajar para vivir o quienes ganan lo suficiente con esta actividad como para centrarse en ella. Lo normal es que se acabe compaginando con actividades afines como la colaboración en prensa o la docencia o con otras más alejadas, como la abogacía o la medicina, por citar algunas. La gatuna Espido Freire es una de las que más diversifican su ocupación. En 2006, fundó su escuela literaria  ‘E+F’ y una de las últimas estrategias ha sido lanzar un perfume floral.

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Fragancia Floral y volumen de relatos con los que celebra veinte años de carrera.

Basta con que alguien haya coqueteado con la literatura o que tenga alguna amistad que haya publicado si quiera un libro, para saber a lo que me refiero: contratos (si los hay) con condiciones leoninas; adelantar el dinero o una parte para la publicación; no recibir ni un euro por derechos de autor…, son algunas de las quejas más frecuentes que los escritores tienen de sus editores.
Hace unos meses la Asociación Colegial de Escritores de España en colaboración con Cedro publicaba El Libro Blanco del Escritor, un extenso documento que analiza la situación de los escritores en España (han participado 600 escritores encuestados) y cuyos datos son alarmantes. Solo el 16% puede vivir exclusivamente de la literatura, mientras que el 60,8% son precarios, pues ingresan unos derechos de autor ridículos que no alcanzan ni a los mileuristas.

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Imagen del Libro Blanco del Escritor – ACE

Las cuentas no salen, como puede verse, y estas cifras echan por tierra la percepción seductora que tienen muchas veces los ciudadanos de los escritores, comparándolos con el mundo de la farándula por culpa de los medios de comunicación y las redes sociales que proyectan una fotografía de postureo y felicidad que es pura fachada. Quizás también se deba señalar con un dedo acusador a los actos de entrega de ciertos galardones.
Por otra parte, la situación se complica más si tenemos en cuenta el idioma en que se escribe. En efecto, a quienes representan la literatura en las otras lenguas cooficiales les preocupan otros aspectos que no atañen a los que escriben en español. La Asociación de Escritores en Lengua Catalana (AELC), presidida por Bel Olid, denuncia el daño que está causando la Ley mordaza de 2015 y que los literatos catalanes carezcan de representación en círculos nacionales e internacionales, como el Instituto Cervantes. Por su parte, Cesáreo Sánchez Iglesias se lamenta del retroceso que ha sufrido en los últimos años la lectura en gallego y lo achaca a las políticas lingüísticas y educativas.
Como vemos, cada cual arrima el ascua a su sardina y ello complica aún más todo, sobre todo si nos trasladamos a capitales de provincia y a ciudades importantes donde cada artista busca hacerse un hueco en las agendas culturales de sus municipios y otros limítrofes. Caso paradigmático es el de Marbella, donde resido y trabajo. Aquí tienen sede dos editoriales, Algorfa y Edinexus, y nos jactamos de que hay más autores que lectores —y no es ninguna hipérbole—, lo que propicia una especie de endogamia en la que acaban fagocitándose unos a otros, si me lees, te leo; si vienes a mi conferencia o presentación, voy a la tuya y compro un ejemplar. Ya no basta con la palmadita en la espalda o el simple elogio —«felicidades», «me alegro por ti»— cada cual desea su momento de gloria, subirse al podio de la fama aunque solo sea unos minutos e inmortalizar el instante antes de que sea demasiado tarde y pretendan remediarlo un diplomático y fingido pésame o un desaprobado epitafio.
Alejados de esta práctica perversa estarían los escritores jóvenes, aquellos que tienen menos de cuarenta años y que, aunque escriben y sufren con letras mayúsculas la precariedad, son inasequibles al desánimo. Ellos, con su actitud vitalista y comprometida, ponen la nota positiva y discordante. A pesar de los obstáculos, demuestran que la creatividad no se ha visto mermada; es más, superan en productividad a sus predecesores. El éxito lo alcanzan quienes perseveran y, por consiguiente, se ve recompensado con un premio literario que oscila entre los 18 000 y los 30 000 euros. Sin embargo, lo más plausible es la camaradería de la que parecen presumir: se leen y se siguen con entusiasmo en las redes sociales, aunque cierto civismo o autocensura les impide criticarse. La pobreza, según Juan Soto Ivars, es la que atenúa los egos.
En definitiva, el panorama no pinta nada bien —tampoco pensemos que esta situación es reciente, aunque se agudizó con la crisis de 2008— y parece haberse enquistado. Por eso, es decisivo un apoyo del Gobierno y de todas las instituciones para aprobar medidas que redunden en beneficio de los autores, de los lectores y, por supuesto de los editores y libreros. Hace un año se alcanzaba una reivindicación fundamental para el sector, el Gobierno aprobaba un Decreto Ley que al fin permitía cobrar derechos de autor (y las de otras actividades relacionadas con la creación literaria) y la jubilación. Esperemos que a esta conquista le sigan otras tantas para las letras españolas en la próxima década.

Sara Roma,

literariacomunicacion@yahoo.es

 

2 pensamientos en “Radiografía de la literatura española al fin de una década

  1. Muy acertado tu análisis, que comparto cien por cien, Sara. El oficio de escribir es un camino imposible. Las editoriales son castillos inexpugnables para autores desconocidos, y el mercado editorial no brinda oportunidades, sino que camina siempre sobre seguro, en las sendas de autores consagrados. Yo mismo he tenido que negarme recientemente a editar un libro con una editorial de las que se consideran “relevantes” porque me pedían que sufragara de antemano su edición. Y siempre es así. Compras su sello para después vender tus propios libros a tus amigos y familiares, asumiendo todos los riesgos y los mínimos beneficios. Todo por una supuesta oportunidad que, en realidad, nunca va a llegar porque no hay espacio para todos.
    Gracias por poner palabras a lo que muchos pensamos.

    • Muchas gracias, amigo, por compartir tu experiencia personal. Me alegro de que te hayas sentido reconfortado con este artículo y lamento que lo hayas sentido y vivido en primera persona. Escribir es un acto generoso, pocas veces está valorado y casi nunca recompensado, pero es una necesidad vital.
      Confío en que lleguen años más favorables y que el mercado editorial y literario encuentre fórmulas rentables para todos.
      Un saludo y gracias por tu lectura.

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